Una rebelión pacífica / Ivonne Gutiérrez
Publicado el 11/25/2010 por Juan Pedro Delgado
Una sociedad por naturaleza tiene una cultura que la define y que la identifica. Entendemos el concepto de cultura no sólo como el arte que se produce en determinado espacio sino, desde una perspectiva antropológica, como cualquier expresión simbólica humana. Toda cultura está dentro de un contexto que se supone debe determinarla, el problema viene cuando es la cultura la que intenta determinar al contexto y genera imposición desde los grupos hegemónicos.
Con frecuencia ocurre que la cultura dominante deja de representar la identidad de los pobladores y empieza a ser una opresión sígnica por parte de las grandes industrias culturales. Es aquí cuando surge la llamada contracultura, que llega como respuesta a las imposiciones e intenta plasmar otra visión de mundo, se oponen al orden existente y oficialmente aprobado.
Se volvió común el concepto hacia 1968, en un contexto de efervescencia estudiantil y en días en los que los movimientos revolucionarios se hacían presentes en el mundo. El libro El nacimiento de una contracultura, de Theodore Roszak, utiliza el término por primera vez, o al menos lo define como lo conocemos.
La contracultura representa a grupos generalmente minimizados y marginados que son señalados por la cultura conservadora como rebeldes, locos y errados. Los grupos contraculturales positivizan los argumentos con los que los atacan y se burlan de la sociedad primaria mediante la creación de nuevos valores, creencias y formas de expresión cultural que desafían y contradicen a la hegemonía.
Podemos encontrar casos de expresión de la contracultura en el movimiento hippie de Estados Unidos, el movimiento punk en respuesta a Margaret Thatcher, el artista contemporáneo Bansky y la revista canadiense Adbusters. Otro ejemplo de contracultura podrían ser las múltiples tribus urbanas que vemos en las calles, grupos de jóvenes que se manifiestan con el objetivo de alcanzar significado, trascender lo establecido y formar parte de un grupo. Cada tribu tiene su manera de percibir al mundo y de habitar el presente que les ayuda a consolidar el sentido de pertenencia mediante experiencias, rituales, formas de actuar, hablar y vestir.
La sociedad tapatía tiene fama de ser “mocha” y bastante apática en numerosos temas. En cierto sentido, esta idea viene de años de tradición, conservadora y hasta opresora en muchos sentidos. En cuanto al arte, se creó un circuito cerrado en donde siempre veíamos las mismas caras rondando las galerías cada que una exposición era inauguraba. Los mismos que producían eran los que visitaban las exposiciones de sus compañeros y así se generaba un círculo muy pequeño de consumo junto a un catering oneroso. Pero paulatinamente comenzaron a surgir grupos y colectivos con nuevas propuestas y con ideas que se empezaron a salir de la norma establecida.
Hace algunos años llegó a la escena tapatía un grupo musical llamado El Personal, cuyas letras divertidas y sugerentes rompían con el esquema que se tenía de buen arte. Este grupo fue el pionero de muchas otras bandas de rock mexicano como Botellita de Jerez e incluso El Tri. En los últimos 10 años han emergido esos creadores ansiosos que ahora han encontrado cada vez más espacios donde expresar sus ideas con su propio estilo, fuera de las galerías, llevando el arte a la calle y combatiendo un sistema con el que no coinciden mediante una manera pacífica y creativa. Hoy en día tenemos movimientos ciudadanos, como el grupo de ciclistas BiciGdl, que se manifiestan mediante actividades como “Al teatro en bici”, donde fomentan su identidad y cultura mientras defienden sus posturas sociales: exigen más lugar para bicicletas en las calles y lo hacen mediante recorridos nocturnos a distintos lugares; la organización ofrece exposiciones, conferencias y demás actividades que generan contracultura.
Otro ejemplo es el grupo de teatro y circo Les Cabaret Capricho, que desde hace tres años han presentado una propuesta de arte circense en donde la crítica y el rescate de la tradición cultural mexicana se hibridan. El grupo tenía presentaciones mensuales donde presentaban distintos actos, desde teatrales hasta acrobacias; también hacían picnics de colores mensuales, en los que todos iban vestidos de un mismo tono y se adueñaban de algún espacio urbano para comer mientras realizaban acrobacias circenses; de esta manera intentaban hacer sonreír a quien pasaba junto a ellos; actualmente organizan presentaciones callejeras, en espacios públicos o en teatros. De este colectivo se han ido desprendiendo otros como Malajunta Circus y Mapúmbula.
Los grupos estudiantiles que nacen en las universidades o en las prepas, mediante expresiones artísticas, también demuestran su postura frente a los programas políticos y su reprobación ante los actos de violencia que se han desatado en el país. Por ejemplo, recientemente un grupo de estudiantes del Tecnológico de Monterrey, encabezados por Rafael Gaytán y Fernando Poiré, organizaron distintas acciones en torno a los actos de violencia actuales en el país frente a los festejos del bicentenario de la independencia de México y del centenario de la Revolución. Coordinaron exposiciones fotográficas, happenings en las escuelas, performance y una serie de actividades que promueven el despertar de la consciencia juvenil. Cada vez son más los que se adueñan del espacio urbano para plasmar sus ideas y hacer escuchar su voz.
Como una necesidad de grupos alternos de generar identidad y de hacerse presentes, la contracultura busca el apoyo civil o al menos mover posturas en aras del cambio ciudadano. Me parece pertinente como forma de expresión: es fundamental que existan fugas del orden establecido y se generen expresiones que contradigan al paradigma. En lugar de tomar las armas, se requiere trabajar desde la significación profunda: en una revolución sensorial y estética donde se transformen consciencias, la contracultura podría ser un primer paso.
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