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Del proscenio a la pantalla / Axel Castellanos

Publicado el 11/25/2010 por Juan Pedro Delgado

Muchas son las diferencias entre la televisión y el teatro. A pesar de las similitudes, estos dos mundos buscan constantemente los puntos argumentativos que los comparen, los separen y los pongan en competencia: que si los actores de teatro necesitan más tablas pues no cuentan con un apuntador o que los actores de televisión son más naturales y no tan exagerados; al parecer no hay manera de vencer la discusión. Sin embargo, estas esferas tienen un trasfondo común: ambas nacen de la tradición actoral (ya sea actuar para la calle, el cine, el teatro o la televisión, finalmente hacen la misma acción: actuar). Por desgracia, por razón de la secuencia temporal que describen estas formas de entretenimiento, la sociedad las ha catalogado como si fueran estratos o “versiones” ascendentes de lo mismo; es decir, cómo la televisión es evolución del teatro y el cine de la televisión (a pesar de que el cinematógrafo es anterior al televisor, pero ni quien lo tome en cuenta). Sin embargo, en los círculos élite del teatro (y un poco conservadores) se suele tachar a los actores de cine y televisión como faltos de escuela, actores sin tabla, intérpretes planos o artistas carita… sólo por retomar algunos reduccionismos. La verdad es que son estos actores los que ganan el “billetote”, ante el pesar de aquellos defensores del arte del teatro.



Este texto no está aquí para discutir qué es mejor o qué es peor, sino por algo aún más interesante y menos común: el cruce de estos mundos. En ciertas ocasiones, algunos programas televisivos ofrecen algún episodio especial completamente en vivo (que siempre es reconocible por el volumen de las risas, los pocos escenarios y ese toque de handycam con que se perciben las imágenes). Estos episodios son grabados frente a un público en el estudio y son completamente en vivo; es decir, sin cortes, sin edición y sin apuntadores. Esta forma de trabajar obliga a los actores a sacar el cobre de su verdadero colmillo como artistas.



Por ejemplo, recién vi el episodio especial de la serie de Sony 30 Rock. Debo decir que el resultado fue maravilloso, me reí como pocas veces lo hago en el show y me sorprendieron con la trama, precisamente la de los especiales en vivo (como argumento secundario y acaso posmoderno). Lo que es realmente importante sobre esta comparación es la interdisciplinariedad que se necesita para superar los obstáculos que presenta este cambio de protocolo. Para empezar, la tradición del cine y la televisión está acostumbrada a cambiar de escenarios como si fueran cualquier cosa. En sus productos vemos cortes con propósitos narrativos, para poder relatar historias paralelas o lograr efectos dramáticos, los cuales no tienen que disimular los escenarios con oscuros o juegos de luces. ¿Qué ocurre cuando una producción, acostumbrada a grabar de golpe un mismo escenario, ahora debe hacer los cambios sin detener la función? Aquí es donde se muestra la primera área que debe acoplarse a la hibridación de técnicas: la logística. Por suerte, el set de televisión consta de diferentes cámaras que pueden propiciar las transiciones entre escenas, resguardándose en su tan querido corte… claro, siempre está la otra opción, duplicar el papel de Tina Fey con Julia Louis-Dreyfus para que ella no tenga que correr de un extremo del set al otro y justificarlo con una fantástica comedia.



La segunda área que debe ajustarse a este cruce de mundos es la continuidad. Para un actor que está acostumbrado a que puede realizarse una escena más de una vez, es difícil (especialmente en la comedia) mantener el temple durante una jornada de una hora completa. Es aquí donde los teatreros juzgan a los actores de la pantalla. Aún así, no dejan de ser profesionales y, a pesar de usarlos rara vez, están entrenados para tener esa capacidad de reacción y solución, sobre todo cuando estos actores han tenido algún acercamiento con el teatro antes (como Jane Krakowsky en 30 Rock, quién fue Karla en el musical de Broadway Nine). Por eso, series televisivas como Saturday Night Live, las cuales experimentan este cruce de disciplinas como médula del show, demandan capacidades artísticas completas y sólidas a sus elementos, para poder así continuar con el show sin contratiempos.



La tercera área que se ve afectada es la respuesta hacia el público. Por lo general, uno puede estar en casa viendo su serie favorita, estar riendo a plenitud y los actores nunca lo sabrán: para ellos, el show continúa. Sin embargo, cuando deben enfrentarse a una audiencia la demanda actoral se transforma, pues la comedia produce risas y éstas pueden causar que el show se detenga unos segundos. Esto implica más de lo que puede pensarse. Unos segundos de vacío se vuelven años en tiempo actoral y el actor tiene que tener la capacidad de que el ritmo de la escena se mantenga y su personaje funcione, pese a los momentos de “nada” que causa la respuesta del público. Finalmente, continuar la función siempre es lo más importante (ya sea como meta del artista o por respeto a la audiencia). Es cierto que en shows como Will and Grace, sus episodios en vivo han experimentado momentos críticos como cuando el elenco entero, excepto por Megan Mullaly (otra actriz con bagaje de Broadway) estalló en risas incontrolables. A pesar de ello, el show continuó con Sean Hayes y Alec Baldwin hablando entre risas.



Por supuesto, esto no sólo funciona en un sentido, hay experimentos a la inversa como el caso de la película Cats de la productora Very Useful Films (filmación del musical de Andrew Lloyd Webber). Aquí el juego contrario: se filma la versión del teatro para hacer una cinta y actores que acostumbran la actuación “de corrido”, deben detenerse de vez en cuando ante las indicaciones del director. Recientemente este fenómeno se vivió dentro del marco de la última Muestra Nacional de Teatro (concluida el 13 de noviembre). Este año, la MNT tuvo su sede en Guadalajara y, por primera vez en sus ediciones, se experimentó el uso de plataformas modernas y de telecomunicaciones para acercar el teatro a los hogares tapatíos. Para esta edición de la Muestra, se transmitieron varias de las obras a través de la televisión (en el canal estatal C7) y a través de la página oficial de la Muestra en el portal de Secretaría de Cultura.



Úbu Rey fue el montaje de inauguración de la Muestra. También transmitida por televisión, lo interesante de este ensayo fue, primero, la manera en que se tuvo que manejar la planeación audiovisual y la logística de planos para que la obra fluyera como “lo haría en el teatro”. Siempre que se graba una obra teatral, uno se enfrenta al dilema de grabar un gran plano general que capte todo o grabar detalles que acentúen las actuaciones. A diferencia del cine, el teatro es más holístico, hay más cosas sucediendo en escena de las que caben en un solo cuadro de la cámara. La experiencia de ver la obra por televisión no estuvo mal. El montaje de Úbu Rey fue un juego majestoso de títeres y luces que facilitó el trabajo audiovisual. La narrativa audiovisual consistió en su mayoría en planos cerrados y detalles de los títeres, lo cual nos hizo sentir estar aún más cerca que la gente del teatro. Debo admitir que la falta de micrófonos en los teatros (lo que para mí sigue siendo una bendición) y las travesuras que estos recursos suelen jugarnos, me hicieron temer que no se escuchara lo suficiente la obra. Sin embargo, el sonido fue clarísimo (aunque en su mayor parte debido tal vez a la sublime construcción del Teatro Degollado) y los que estuvimos en casa, pudimos ver la obra con calidad y entendimiento. Incluso así, prefiero la experiencia de estar en el teatro y respirar ese aire mágico que los actores crean con su energía, pero si bien preferiría estar sentado en las primeras filas del Teatro Degollado, se aplaude ampliamente el esfuerzo de la Secretaría de Cultura por llevarnos estos montajes a un nivel donde la mayoría pueda experimentarlo.



Estas experiencias interdisciplinarias nos demuestran cómo la tradición del teatro está y siempre estará vigente en el mundo del arte y cómo estas formas, lo dramático en la pantalla y lo dramático en escena no pueden remplazarse una a la otra, pues si bien comparten origen, son formas completamente diferentes de hacer arte. Aún así, lo que sí es crítico defender es la correcta formación actoral de los artistas en esas y muchas más disciplinas y escuelas presentes, para así tener artistas más completos y preparados para hacer el mejor de los trabajos, para un público que puede estar en los asientos de la Ópera de Sydney o en la comodidad de su sala.

Fotos: Luis Fernando Toxtli

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