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Si no hay solución, ¡la revolución! │ Moisés Maldonado

Chema nació para ser un líder.

Lo conocí el primer año de secundaria, apenas mi segundo día de clases.

Sobre una mesa de pin-pong, Chema envía un mensaje al aire con elocuencia: “¡Merecemos baños dignos, dignos de los estudiantes de la Escuela Secundaria Técnica No. 4!”. Con el ánimo sobredimensionado, exhorta a los compañeros a postergar el receso indefinidamente, hasta obtener las peticiones de la comunidad estudiantil. Las promesas son potencia hasta que un sonido estruendoso –el timbre– las derrumba.

Integrada por él y dos amigos más, la comitiva baja por las escaleras que conectan con el patio, atraviesan el pasillo hacia la dirección y se sientan en la sala en espera de la oficina principal. Cualquiera sabe que los directores son demasiado importantes para atender alumnos personalmente, para eso existen los prefectos. Ese día comprendo que el asunto no es alcanzar un objetivo real, palpable, satisfactorio, sino montar un acto en el que todos los actores conocen el guión. “Le haremos llegar su peticiones, muchachos”, y la secretaria le guiña un ojo a Chema. La simulación se descubre cuando se ridiculiza.

Al regresar a clase, interrumpen al maestro y se dirigen al grupo: “El nuevo director nos tomará en cuenta para las decisiones en esta escuela. Esta vez nos van a escuchar, compañeros. Vamos a recibir lo que pedimos, ni un paso atrás”.

En aquellos días, cuando la política ocupa la mínima parte de nuestras mentes, sobre todo porque es un tema para los “apestados”, a Chema se lo ocurre la brillante idea de autonombrarse la voz de nuestros intereses, “interlocutor y representante estudiantil”. Nadie se opone a que él nos represente.

Después nos llegó la noticia de que Chema había ganado una beca preuniversitaria por su intachable compromiso y liderazgo estudiantil, una beca que tenía como requisito pertenecer al cuadro de honor durante tres años consecutivos. El beneficiario lo escogía personalmente el director y, si no me equivoco, nuestro líder repitió los dos primeros años.

Él fue el primer experto en gobernanza simulada que entrevisté.

En pocas palabras, la nueva gobernanza es el gobierno de la sociedad con la sociedad. En ella, lo más importante no es la capacidad del gobierno de gobernar a su sociedad, sino cómo lo hacen, cómo gobiernan los gobiernos.

En los años 70’s, algunos académicos alemanes y holandeses cuestionaban un paradigma que rigió el siglo XX: toda acción del gobierno es de gobierno. Ellos interrogaban si en realidad éste gobierna: “¿[los gobiernos] disponen de los recursos y las posibilidades para definir el rumbo de la sociedad y efectuarlo por si mismo?”. La conclusión fue que no toda acción de gobierno es de gobierno.

Chema y yo no fuimos los grandes amigos, pero nos conocimos bastante bien por nuestras posturas encontradas de lo que es hacer política. Para él, uno nunca es parte del problema y las soluciones se otorgan o se reciben, no se trabaja por ellas. Quizá de ahí que las causas de los más desfavorecidos, sin duda legítimas e incuestionables, representan para él una bandera intercambiable que se erige dependiendo de las circunstancias.

La habilidad que le faltaba en oratoria le sobraba en el cobro de favores. Conocía a la perfección dónde vivía cada uno de las compañeras y los compañeros. Por las tardes, intercambia objetos por facilidades de aprendizaje, exámenes a cambio de un walkman pirata, videocasetes eróticos de los ochenta o un estuche de colores por dos tacos de barbacoa: uno para él y el otro para sus dos amigos, mitad y mitad: el manejo del territorio y la movilización son básicos en las atribuciones de un líder.

En los pasillos no era un secreto que su movimiento era incapaz de derrumbar un régimen, pero de alguna manera obtenía concesiones de las autoridades escolares: “Es que luchamos por los valores democráticos”.

En el pedir estaba el dar: con una señal podía detener una manifestación y apagar el escándalo, la decisión se la dejaba a las autoridades. La carta de negociación incluía promesas futuras de no regreso mientras –aclaraba– siguieran siendo escuchados. La credibilidad se construye en el largo plazo; en el corto plazo, una demanda no cumplida es un llamado a la acción. 

Hace unos meses lo encontré movilizando a un grupo de manifestantes. Me pareció ver a sus dos amigos de la secundaria pero mucho más acabados y corpulentos. Se dirigían hacia una dependencia gubernamental. En el arte de la movilización, los recursos se maximizan: por un lado, las pancartas tenían un mensaje de exigencia para regularizar predios que invaden zonas protegidas del bosque; por el otro, exigían recursos para la protección del bosque. El líder debe tener un amplio conocimiento de los temas sensibles y enmarcar el debate adecuadamente: no es invasión del bosque, es vivienda para los necesitados; no es detener el desarrollo, es proteger el medio ambiente.

Le seguí la pista en los diarios del circuito político local. Busqué su registro en organizaciones civiles, ciudadanas y partidos políticos. Ha perfeccionado su técnica como organizador de marchas pero no como organizador comunitario.  

Localicé a Chema a través de las redes sociales y le invité un café. Descubrí que el Café Madoka donde me citó le gusta por la apariencia de joven intelectual añejado. No frecuenta otro café del centro porque le gusta tirarse a las meseras; eso sí, su fetiche son las burócratas sin ideología. Una diferente cada semana.

Empezamos a platicar y rápido conectamos, como en la secundaria, porque en algo nunca estuvimos de acuerdo: las causas se ajustan a las demandas. Yo siempre he creído que es al revés. Él lo tomó como una forma de crear organizaciones que nacen, se transforman y mueren en tres meses. De nuevo, entiende muy flexible el concepto dl liderazgo transformador.

A primera vista, parece un hombre dedicado a la construcción de capacidades de organización ciudadana con un fuerte compromiso social. Pero sus actividades como organizador son efímeras y no transcienden del señalamiento, se agotan al momento de ser escuchadas. Después, se repliega con la dádiva y cierra el círculo vicioso: por un lado la conformidad y por el otro la simulación del cumplimiento de la responsabilidad.

Le pregunté si no tenía un conflicto con representar tantas causas y ninguna con trabajo a profundidad. Me dio una lección de gobernanza simulada: “Yo no puedo contra la apatía de la gente, ellos [el gobierno] tienen que darnos una solución a esto. Si no pueden, pues que se vayan.”

Hago un esfuerzo por comprender el postulado de la nueva gobernanza: los gobiernos no pueden solos, puesto que necesitan los recursos, las ideas y las capacidades de otros para gobernar. Por ende, cuando los gobiernos son ineficaces, su problema es de insuficiencia, de tal suerte que tienen que gobernar a través de terceros. ¿Qué éxito tendrán los proyectos, programas y acciones que se realizan sólo con los recursos del gobierno y sólo con las ideas del gobierno?

Desafortunadamente, en nuestro país, este nuevo proceso directivo de la sociedad, se entorpece entre nuestras condiciones. Para que se presente lo anterior debe existir “un gobierno experto y competente, sin incoherencias y deficiencias en su organización y operación, financieramente robusto, legalmente impecable y administrativamente eficiente” (Luis Aguilar).

No me extraña que Chema me siga hablando con el discurso de los legisladores y los partidos políticos, muy de la época en que él y yo ni siquiera nacíamos: “México requiere una Reforma del Estado… necesitamos una Reforma Electoral, una Reforma Energética, una Reforma y otra Reforma”. Toda reforma, sea cual sea, se construye con la idea de dotar de capacidades al gobierno cuando  la noción actual de las condiciones sociales dice que el gobierno es una agente de dirección necesario pero insuficiente. La tendencia habla del paso de un centro a un sistema de gobierno (“Governance system”, PNUD). Desde la esfera gubernamental, se propone como solución fortalecer el centro, mientras el reto es hacer del gobierno un agente descentralizado que oriente y direccione a la sociedad. Acá se propone reforzar centralizadamente al agente insuficiente.  

Ya no quise comentarle a Chema sobre si en algún momento había considerado que entre las múltiples causas que defiende, resolver los problemas, enfrentar las deficiencias y crear bienestar ya no sea obra exclusiva del gobierno. Ni para qué tratar de explicarle la idea del gobierno asociado en red, en co-producción, en co-operación, en dinamismo interorganizacional. Pues todo líder, como sujeto, pierde relevancia pública en el nuevo proceso de gobernar, porque ya no es obra de un solo hombre, es de una sociedad.

En el Madoka, la algarabía en el ambiente provocada por los gritos de los adictos al dominó apenas nos deja platicar sorbo tras sorbo.  Algo cambió: su visión de la política es más conservadora de lo que era antes, ahora en los intereses hay dinero, y el café es excelente.

Atrapado en la era de los gobiernos jerárquicos unitarios, Chema se resiste al cambio. No es de los que aceptaría pasar de ser demandante a co-participe a co-responsable: eso le estremece. No cualquier líder trasciendo su círculo de confort. 

Para no perder la costumbre, Chema vive del resultado de sus negociaciones políticas, un poco de aquí y de allá para completar gastos y mantener vivo al grupo entrenado para riñas.

El sistema de marchas opera con la normalidad de los años anteriores, pero ahora las redes sociales le permiten convocar más rápido y abrir más frentes de participación, aunque no haya aumentado su poder de convocatoria. Una golondrina (red social) no hace verano (acción colectiva).  

-¡Si no hay solución, la revolución!”- y se limpió la salsa de las enchiladas Madoka. 









Esto de la transdisciplina en el arte │ Florencia Guillén

Si partimos de la definición y redefinición histórica del arte propongo que el arte está vacío. Podemos contrastar a John Cage en la obra 4´33´´´, compuesta para que cualquier instrumento NO sea tocado para permitir que el ambiente sonoro del lugar sea lo único escuchado, con la monumental bóveda de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, pintada a lo largo de tres años y medio para representar el Juicio Final. En la primera, el silencio del artista presiona a redefinir la postura de la audiencia y el espacio: de entes pasivos separados de la obra a ser esencia de ésta.  Ante la segunda, queda el silencio de la audiencia fundida con la obra a partir de la grandeza de tal creación, a manera de espectáculo meditativo. De manera más explícita, el salto de Ives Klein a un espacio vacío, sus pinturas invisibles o la obra en la cual intercambiaba oro por espacios vacíos, son algunos ejemplos de que la única constante real en la definición del arte es el vacío de definición.

Los temas, las distintas corrientes, movimientos y estilos, que por épocas se han reanudado, varían desde la espiritualidad, lo filosófico, lo religioso, lo intelectual, lo funcional, lo irreverente, lo innovador, lo absurdo, lo tecnológico: estas personalidades múltiples de las artes parecen reciclarse y ahora convivir de forma dinámica en un ir y revenir samsárico, que plantea la idea de una definición dentro del arte como dependiente de la voluntad de quien lo concibe y presencia.

Desde la propuesta de que el arte es simplemente una proyección de la sociedad, de sus valores y de sus instituciones de poder, también hablamos de un reactor que puede ser tan inocuo como trascendente. Al combinarse con otras disciplinas logra dar giros especulares, tanto para éstas como para el arte como entidad “autónoma”. La autonomía existe sólo en relación a la auto-referencia dentro del arte; es decir, el arte retándose a sí mismo, hablando de su historia para validarse como campo de estudio aparte. Sin embargo, cualquier parte del conocimiento existe en relación al hombre, por ser su origen y motivo. 

El término transdisciplina  suele usarse en las humanidades desde el punto de vista práctico, sobre todo para integrarse en discursos académicos basados en algún tipo de investigación integradora.  En el discurso científico, la transdisciplinariedad faculta métodos de estudio integral que vincula la experiencia no-científica y la práctica de la resolución de problemas. Lo mismo aplica al arte.

El humanismo renacentista no distingue el arte y la ciencia como mutuamente excluyentes. El ejemplo más notorio es Leonardo da Vinci, conocido como el hombre polímata del Renacimiento, un concepto que podría coloquialmente traducirse como hombre orquesta. Artista, anatomista, arquitecto, científico, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta y urbanista, Leonardo Da Vinci configuró conceptos, tan adelantados ante su época, que la manufactura de muchos de estos resultó imposible. Este ejercicio deja el cuestionamiento sobre cuál en realidad era la función de estos objetos de su imaginación, como el helicóptero, el submarino y el automóvil, en una etapa histórica en que la imaginación no era considerada fuente de inspiración artística válida. Por el estilo autodidacta de Da Vinci se piensa que no se preocupó por el funcionamiento real de las máquinas, sino que su ejercicio era comprender los fenómenos observándolos e ilustrándolos a detalle, sin inmiscuirse en explicación teórica. Leonardo recrea lo que ve, proyectando visiones de lo que no existe y dejando a su entorno con una mezcla de incredulidad y asombro. ¿Cuál es el motivo real de Leonardo para estas creaciones?

En contraste a la clara ausencia de función real de los inventos de Da Vinci, el artista belga Panamarenko (1940) recicla en nuestro tiempo esa pasión por la creación de naves de vuelo, pero adhiere a su repertorio alfombras mágicas y pollos inteligentes.  Panamarenko se lanza tras inventos tan comunes como descabellados que funcionan, como el Aeromodeller (1969-71), un globo diseñado para aterrizar en el jardín de Brigitte Bardot y “secuestrarla.” La invención todavía asombra sobre todo dentro del mundo del arte, considerando que la motivación para este artefacto volador es un enamoramiento platónico casi infantil. Aunque el proceso de creación de Panamarenko incluye una mente tan artística como tecnológica, aún después de publicar el libro de arte Para académicos, astrónomos y doctores astutos (2001), continúa viviendo en un entorno educado para escuchar y validar estos cuestionamientos pero dentro de un mundo exclusivamente artístico. El motivo real de Panamarenko, para contestar también la pregunta sobre el motivo de Leonardo, es la creación per se, sin fronteras entre estas disciplinas, aún si desembocan en el marco del mundo del arte.

El arte llega a  varias conclusiones drásticas dentro de su historia. Una de ellas,  para mí la más influyente y relevante en cuanto a inmiscuirse en asuntos de otras áreas, es la afirmación de Allan Kaprow que da entrada al happening como forma de arte: el arte como la vida. Esta afirmación no sugiere que el arte existe independientemente de la vida, algo pretencioso y absurdo. El arte como ecuación de vida se refiere a enaltecer las pequeñas instancias de la vida,  traducir una acción cotidiana en un espectáculo social donde podamos observar con lupa y conciencia un comportamiento natural humano. Más allá de los grandes temas, las grandes invenciones o los grandes conceptos, el happening viene a disolver ese pedestal de importancia en la que el artista se había montado con el afán de negar la funcionalidad de su profesión. Cuando  el arte,  desde este punto de vista,  es todo lo que existe en la vida y la autoría se difumina, las puertas se abren de manera contundente hacia la colaboración.

El artista, para Joseph Beuys, no es un iluminado trazando rayas que significan la eternidad ni la emoción más íntima de su creador: todos somos artistas porque el arte es un vehículo, un proceso de interacción, una escultura social. En contraste con Da Vinci o Panamarenko, Beuys se preocupa, especialmente en la última parte de su vida, por la parte terapéutica y didáctica del arte. Su alcance hacia los demás y su estatus como profesor de la universidad de Dusseldorf son tan importantes como su actividad artística, ya que no hay separación entre estas. Su personalidad y su influencia académica enaltecieron sus preocupaciones artísticas, como lo vemos en su acción 7000 robles, donde participaron los estudiantes de Kassel (Alemania). Para esta obra, iniciada en Documenta 7 en 1982, Beuys propone plantar 7000 árboles en la ciudad, y junto a cada árbol una columna de basalto para simbolizar un cambio de actitud ante el mundo. La propuesta tardó cinco años en terminarse, ya que la intención era provocar un cambio ambiental y de comportamiento social. A nivel local este proyecto provocó una renovación urbana terapéutica y de regreso a ese gesto creativo de Beuys. Kassel le asignó una postura casi chamánica a su propuesta artística. Hoy se siguen plantando árboles en distintas partes del mundo siguiendo las instrucciones del difunto artista.

Actualmente, la transdisciplina es un método común en el proceso creativo. Infinidad de artistas colaboran con otros profesionistas, como la artista Sophie Calle y el escritor Paul Auster, que intercambian el personaje de ella en la novela de Leviatán por la narrativa de él en la obra Doble juego, en la que Calle representa los comportamientos de su personaje en Leviatán en un libro y obra fotográfica. De manera distinta,  la obra Sonda de Exploración Ferroviaria Tripulada, del mexicano Ivan Puig, es a la vez  histórica, antropológica, social, así como tecnológica,  y reafirma la idea de que el arte integra y genera chispas de evolución humana, de manera casi lúdica, creando un espacio poético lleno de interacciones y vacío de resultados etiquetables.

Es común, en otra variante, que colectivos de artistas se entreguen totalmente a una funcionalidad comunitaria, como lo vimos a principios del siglo pasado con el constructivismo y el Bauhaus. Hoy lo vemos en grupos artísticos cuya intención es provocar cambios sociales como ocurre con el grupo británico Proboscis. Sus métodos artísticos de colaboración de grupo los han hecho trabajar con empresas y gobiernos municipales en temas de regeneración urbana, investigación médica, cartografía y desarrollo de nuevas tecnologías, usando una manera de estudio integral similar a la usada en el MIT en Boston, Massachussets.  Por el otro lado, a manera de denuncia, la artista mexicana Teresa Margolles habla sobre la injusticia social a partir de reconstrucciones performáticas, creando visiones más bien apocalípticas de la situación política de México. Aún dentro de la polaridad de estos artistas, vemos que el motivo deja de ser ellos mismos para convertirse en un medio al servicio de su entorno.

Hemos hablado de dos importantes: la relación interdisciplinaria (arte y ciencia, arte y educación, arte y política…) y cómo este vínculo interactúa con la sociedad.  La idea conclusiva, desde la contextualización del arte en relación con sus responsabilidades como disciplina, más allá de su función estética, es que en la ausencia de definición clara más variedad de razones pueden coexistir. La necesidad de cuestionar el origen de las fronteras imaginarias entre campos de estudio propone esa interdependencia similar a una reacción nuclear donde una disciplina y otra se empujan en su evolución. Regresar a una integración en el estudio de cualquier fenómeno, aun en el caso del arte, propone un sinfín de posibilidades que dan una amplia razón de ser el artista como sujeto relevante para el avance de su comunidad.  

Consultas:

Larry Shiner (2004). La invención de Arte: una historia cultural.  Paidós: 2004.
Allan Kaprow (1993). Art as Life, Essays on the Blurring of Art and Life. Berkeley: University of California,
Sophie Calle (2009). The Reader. Whitechapel Gallery








Radio repetidores │ Éctor Sandoval

Me preocupa la forma de hacer radio en la segunda ciudad más poblada de México. Aunque tampoco creo que Guadalajara haya tenido una época dorada radiofónica, mera nostalgia.

A principios de este siglo vimos la llegada de la radio capitalina (otra vez): el Concepto Radical, que hizo desaparecer a Sonido 103 (102.7 FM). Los capitalinos vinieron a mostrarnos las tendencias musicales de la nueva década y del nuevo milenio en la radio comercial en un momento en que recién comenzaba la efervescencia de internet. Implícitamente afirmaban que en Guadalajara (y las otras ciudades para las que retransmitían) no contábamos con melómanos de la novedad, amantes y verdaderos conocedores del mainstream. Sin darnos cuenta regresábamos a los principios de la radio, como repetidores de contenidos.

En el imaginario de los defeños, toda ciudad o comunidad fuera de su espacio cotidiano es definida como provincia: acaso no resulta aún lejano escuchar expresiones que refieren una vida más apacible fuera de la gran ciudad. Pero no es que  nos guste a los que vivimos en otras ciudades que todo se concentre y genere desde el Distrito Federal, una situación del devenir de nuestra propia historia y de la prolongación de un centralismo retrógrado.

Desde la frecuencia modulada en Guadalajara, más de la mitad de las estaciones transmiten contenidos similares donde predominan los géneros grupero, ranchero y pop. Para los que preferimos otras posibilidades sonoras, encontramos pocas opciones en la radio privada: RMX (Grupo Imagen), Stereo 99 (Grupo Unidifusión/Radiorama de Occidente) y Máxima FM (Radiorama de Occidente/Radio S.A.), tres proyectos enfocados en los sonidos alternativos.

Pero continuamos como repetidores de contenidos: RMX es una estación que transmite desde la capital del país, dirigida por Gonzalo Oliveros, un ex locutor de Concepto Radical. Oliveros, como comunicador y director, viene a mostrarnos que estamos en el tiempo donde el radioescucha se debe al locutor, no a la inversa. La arrogancia, la mofa sin sentido y la ética acomodaticia caracteriza a la frecuencia 100.3 FM.

Perteneciente a dos grupos radiofónicos, Stereo 99 (98.7 FM) transmite desde la ciudad de Guadalajara. Probablemente esta situación es la que la mantiene en un profundo sopor: no va ni viene, simplemente está. Sus contenidos rondan entre  las novedades alternativas a los clásicos contemporáneos. No puedo negar que por un tiempo me intrigó su manera de hacer radio: mínima producción, repetición desmedida de hits (sin el menor empacho), locutores que comentan notas de las revista TV Notas y TVyNovelas. Al llamar a la estación para saber quién es el director de este proyecto, sólo me hicieron saber su horario de trabajo, nunca su nombre.

Máxima FM se encuentra en una situación semejante a la de Stereo 99. En esta frecuencia sí se evidencia trabajo de producción, sólo que algunos contenidos dejan la sensación de poca concordancia y disparidad. Los temas presentados por los locutores pareciesen más adecuados para EXA FM o Los 40 Principales.

Universidades como el Tecnológico de Monterrey, Univa, ITESO, UVM, y recientemente la Universidad de Guadalajara, ofertan una licenciatura en relación directa con la  comunicación, ¿a qué se dedican los miles de egresados?, ¿los directivos de las estaciones de radio abren espacios para nuevos proyectos?, ¿Guadalajara no puede ser autosuficiente, radiofónicamente hablando?, ¿hasta cuándo continuará esta dependencia de la capital del país?

Desafortunadamente el centralismo hace que todo se mueva en y desde el Distrito Federal, los capitalinos dan la pauta y nosotros simplemente la continuamos. Casi todos los grandes nombres se han formado allá, a causa de que por acá todo consiste en repetir los formatos. Mucho se habla de la urgencia de cambios políticos y sociales, la realidad es que poco se logrará mientras no se abandone el confort del status quo.

Crear contenidos de calidad no consiste en volver a hacer lo ya hecho, o simplemente retransmitir lo que otros hacen. Conviene al país contar con comunicadores informados y críticos, que trabajen y ocasionen cambios desde la capital del país; sin embargo, lo ideal sería dar espacio y apoyo a los comunicadores emergentes del país. Desde la miopía centralista, poco se hace para que esto cambie; por el contrario, se toman decisiones que prolongan este escenario. La radio en Guadalajara es una evidencia de eso. 

La FIM desde (como) el pasado │ Gabriela Bautista

La intención fue que del 16 al 19 de junio se desarrollaran una serie de actividades profesionales en el marco de la Feria Internacional de la Música, un encuentro organizado por la Universidad de Guadalajara. Su objetivo era, según la nota del diario local El Informador,  convertirse en “un punto de encuentro internacional y de vanguardia, que apueste por fortalecer la profesionalización de creadores y la promoción de la cultura musical”.  Con espacios para la venta de instrumentos musicales, discos y equipo, también se destinó un lugar para  discusiones de distintos tópicos. La directora del encuentro, Ana Teresa Ramírez, también declaró que esta Feria había sido creada con la intención de poner sobre la mesa de debate,  “temas actuales en el mundo de la música, pues 'es imprescindible que en el país se empiece a crear una discusión al respecto’”.  

El 17 de junio estuve presente en el panel magistral “El nuevo perfil de los derechos de autor”, bajo la discusión del músico José Enrique Fernández, el abogado José Luis Caballero y el representante de la cuestionada Sociedad de Autores y Compositores de México, Roberto Cantoral Zucchi. Los que somos ingenuos y creemos en las buenas intenciones para con los jóvenes, pensábamos que dicho panel trataría sobre una guía para que los músicos jóvenes protegieran su música y se acercaran a la instancias encargadas de ello. También pensábamos que dicho encuentro otorgaría a los músicos consejería sobre espacios de difusión y protección para su obra. Sin embargo el debate giró sobre temas anacrónicos, sobre todo para los jóvenes.

Primero se habló del asombro en los empresarios de la música porque “¡la gente baja música por internet, y ya no escuchan la radio y se comparten los archivos!”. Después el abogado regañó a la audiencia (por primera vez), al señalar que toda obra en internet está legalmente protegida. Habló también de un esquema “legal” para las descargas: dijo, palabras más, palabras menos, que “si tomas mucha cerveza, juntarás muchas corcholatas con códigos que tecleas en tu computadora y te dan acceso a música”. La cereza de la tarde la puso Roberto Cantoral con una serie de consignas hacia el público. Arrancó diciendo que “el verdadero problema de México –es decir, por eso estamos como estamos– es la ilegalidad” y la importancia que tiene que los músicos se asocien en grupos como el suyo para protegerse de… no dijo de quién. Supongo que este ser abstracto (del cual hay que proteger a los músicos) es, al parecer, el consumidor de música que ya no compra discos, el pirata que se pone en el metro y, el más malo de todos, el proveedor de servicios en internet que permite que la gente descargue música de manera gratuita. Otro ser malvado de la ilegalidad en México es el que ya no compra discos. También tocó ciertos puntos que me hicieron sentido, por ejemplo cuando dijo que “el otro gran problema de México es la gratuidad” (sea lo que sea que ello signifique): “no puedes, con sólo abrir la puerta de tu casa, recibir un Mercedes Benz gratis. Todas las obras cuestan”.  Así que para el señor Cantoral, cuya participación se centró en los peores problemas de México, “la ilegalidad y la gratuidad” hacen que los músicos estén desprotegidos.

El auditorio de la FIM estaba lleno. No sabemos si por acarreados de la preparatorias de la Universidad de Guadalajara o por el público realmente interesado. Yo creo que caben ambas posibilidades: músicos, empresarios, estudiantes, creativos y sobre todo muchos, muchos chavos. Cuando el moderador dijo que estaban “realmente interesados en que hiciéramos preguntas”, los jóvenes, que tienen acceso a una extensa información en la web, y la manejan mejor que nosotros, los mayores de 30, se levantaron apasionados y furiosos a defender las descargas de música en la web (claro).

En los primeros momentos no hubo preguntas y sí muchas “netas”. Algunos jóvenes argumentaron con citas de grupos opositores al movimiento ACTA; sostenían que querían estar en la legalidad pero no encontraban cómo. Un joven defendió su derecho a descargar música pues “no es lo mismo que un carro robado (el Mercedes), que le fue robado a su dueño y ya no lo puede usar (el dueño), sino que un archivo de música se comparte con otros y circula por el mundo”. El chico no pudo terminar su frase, no sólo por la cascada de aplausos que se escuchó en el auditorio, sino por el regaño indignado del abogado quien le pidió a gritos salir del auditorio, pues ese no era espacio para él (el chico que defendía su derecho): al decir eso, era alguien que vivía en la ilegalidad (el problema más grave de México, recordemos). La retahíla de “preguntas” y “respuestas” se prolongó por media hora más a la establecida en el horario.

Lo que observé esa tarde fue el encontronazo de un sistema  de industria musical completamente anacrónico con los hábitos de consumo de los jóvenes, y con las formas de operación, producción y consumo de los músicos jóvenes. Se atacó al consumidor, pero no se habló de los músicos. Mi duda, por ejemplo, era preguntarle al abogado cuánto y cómo ganaba el músico con el sistema ese de tomar mucha cerveza (no pude hacerlo). Vi uno de los problemas sí graves de México: que no se consulta a la sociedad y menos a las generaciones emergentes.

El problema de México no es la ilegalidad (nuestras leyes están muy bien hechas, aunque no suelan aplicarse), sino la desigualdad. La Sociedad  de Autores y Compositores que protege a los músicos no sólo vive de las regalías de los mismos músicos, sino que apoya a muchos de ellos que tienen un talento cuestionable.  Muchos músicos de gran talento jamás han sido tomados en cuenta. Jamás han podido llegar a ser escuchados por quienes podrían haberlos protegido y difundido, a ellos y a sus obras.

Lo que sobresalió en el panel fue la perspectiva de los intermediarios del mundo de la música preocupados por perder su trabajo, su fuente segura de ingresos. Los vi preocupados por sus ingresos y no preocupados por tener ideas nuevas. Soy partidaria de la protección y la educación de los jóvenes. Sí, tienen acceso a mucha información. Sí, tienen acceso a mucha tecnología. Sin embargo es deber nuestro darles una guía y acompañarlos en el proceso de su pensamiento crítico y de su postura personal frente al mundo. Un problema central es la despreocupación por sus intereses reales y las formas con las que perciben su entorno actual. El tema de las descargas de música debe discutirse y, por supuesto, defender un entorno legal, pero cabe señalar que tenemos accesos a muchos sitios de descarga legal de música, que cuentan con el consentimiento del personaje más importante de esta cadena: el músico. Es necesario permanecer sensibles a la realidad para llegar a ello y no tratar de ir en contra de una corriente que está viva, es fuerte, es creativa, es apasionada  y –por supuesto– consume.

Desde esta perspectiva de apertura y retroalimentación constante, me parece que en la mayoría de los espacios de la Feria Internacional de la Música no se escuchó a los jóvenes, ni a los músicos. Se les  ve como clientes consumidores y no como seres de cambio. Los jóvenes son hoy prosumidores: consumen y producen. No hubo ni una sola idea para conducir esta condición nueva y menos para aprovecharla. Si estaban (tan) preocupados por poner estos temas a debate, hubieran aprovechado de manera creativa y fresca los espacios académicos de la Universidad de Guadalajara, pletóricos de jóvenes creadores que se buscan a sí mismos.

En el marco de esta Feria  ya no se habla de esta primera edición, sino de la que sigue. Los organizadores deberían cuestionarse fuertemente: ¿A quién se quiere apoyar realmente a través de esta feria? ¿A los empresarios? ¿Para qué? ¿Dónde están los talleres, los apoyos a jóvenes, y la verdadera academia?

Parafraseo a mi amigo músico, productor, dj y creativo, Homero González. ¿Por qué el interés de la Universidad de Guadalajara por crear un evento cultural sin calidad que lleva un patrón de nostalgia de algo que ya no comunica ni forma parte de los hábitos de las nuevas generaciones?

Mural Pa-pa-namericano │ Paulo Gutiérrez

Para quienes hemos estado cerca de los mentados estudios de la cultura, no resulta tan sencillo ir por la vida descalificando o validando lo que es estéticamente valioso o no, porque, de acuerdo con esta disciplina, cualquier producción humana tiene un referente que la dota de significados y explica su razón de ser.

Sin embargo, con todo y eso, no he podido encontrarle justificación alguna al nuevo y terrible mural pintado en la Rambla Cataluña, sobre una de las muros de lo que fuera el Cine del Estudiante. Lo que ahí sucedió no es sino la expresión de la política cultural más obvia y ramplona.

El mural colectivo cuenta con las siguientes imágenes: a) una pareja hetero dándose un beso matrimonial; b) un par de indígenas –¿podrían faltar en cualquier mural mexicano?– "protegiendo" una mazorca de maíz; c) un basquetbolista que viste una camiseta Nike, al que no le han terminado la cara, pero sí la palomita distintiva de la marca; d) dos nadadores nalgas pa'rriba; e) un Tonatiuh, dios del sol y centro del calendario azteca, que por su acomodo, pareciera que les lame las nalgas al par de nadadores culiempinados.

En su afán por adornarlo todo –los botes de basura ya fueron pintarrajeados con la prolífica creatividad de los artistas–, también intervinieron la vaca de Iván Puig instalada y surrealista sobre el muro. No pudieron resistir su ausencia de color, les pareció un lienzo perfecto para adornarlo al estilo de Rodolfo Morales: flores, garigoles y la vaca parece más bien una cotorra.

Me intriga saber quién pudo autorizar un proyecto así: especie de popurrí latinoamericano, con pretenciones deportivas, precolombinas y transnacionales. ¿Cuál es el cabrón sentido?

Reflexiones acerca del pacto entre los medios │ Gabriela Bautista

Hace unas semanas invité a la clase de Géneros Periodísticos Interpretativos a Ricardo Salazar, jefe de la mesa de redacción del periódico Público del grupo Milenio. Había pedido a Ricardo que nos platicara acerca de la cobertura de los hechos violentos en México. Nos habló de la serie de mesas de reflexión que estaban llevando a cabo en el medio donde trabaja. La pregunta fundamental de este diálogo era precisamente cómo cubrir y qué comunicar respecto de la información relacionada con los actos del crimen organizado, especialmente el narcotráfico.  La preocupación surgía de un hecho doloroso: la muerte de uno de los periodistas del grupo y del crecimiento tan significativo de la violencia en estados como Tamaulipas, Chihuahua, Sinaloa, Baja California, Durango, Michoacán y, más reciente, Jalisco. Acudieron con sus colegas de Colombia para conocer su experiencia respecto al tema: les dijeron que en este país la situación había llegado a tal grado de violencia que, por ejemplo, las funerarias no tenían más materia prima para ataúdes y comenzaron a comercializar sarcófagos de cartón. La violencia en Colombia era tal que los medios de comunicación tuvieron que llegar a un acuerdo común y a un pacto nacional respecto a la cobertura del tema del narcotráfico. El acuerdo, entre otros puntos, ponía en común que los medios no deberían considerar al narcotráfico como una fuente particular de cobertura. Asimismo, se llegó al pacto, entre todos, de sólo consignar hechos de violencia en la información cotidiana, pero no entrar en detalles de nombres de víctimas, asociaciones delincuenciales o mensajes entre grupos. También acordaron que las notas no se firmarían y que, todas ellas, en todos los medios, deberían tener el mismo estilo de comunicación. El objetivo era, precisamente, no transformarse en plataforma de comunicación entre grupos rivales, porque reconocieron que éstos eran unos grandes estrategas de la comunicación: una persona asesinada por un grupo de delincuentes se transforma en un mensaje  –que además es exacerbado por los medios masivos– para el grupo rival.

Ricardo nos contó que la preocupación por no convertirse en voceros de los delincuentes los tenía reflexionando acerca de la cobertura que debe merecer un problema tan complejo como el del narcotráfico, y en su grupo parece que llegaron a un acuerdo. Me quedé pensando –entre muchas otras cosas– en las dimensiones que podría alcanzar un pacto como el del caso colombiano entre los medios nacionales.

Esta mañana me desperté y encendí la radio. La nota principal era el anuncio de un pacto nacional entre medios de comunicación para, precisamente, la cobertura de las noticias del narcotráfico. Según los anunciantes, este pacto no atentaba con la libertad de expresión y más bien es producto de una preocupación ética, profesional y social.

Según las informaciones, son más de 700 medios los que se han suscrito a este acuerdo. Rápidamente busqué la lista de los medios asociados. Sí está el grupo Milenio, también está El Universal. No está La Jornada, ni Proceso. Sí está el Grupo Imagen, el Grupo Radiofórmula. Pero cuando vi el anuncio por televisión del “pacto nacional”, ahí estaba el gran panel de personas trajeadas delante de ese letrero que dice “Iniciativa México”. Me preocupé y decepcioné. ¿Están los medios mexicanos preparados para suscribir tal acuerdo? No me refiero a la actitud o al relumbrón de tal anuncio. Me refiero a ese pequeño reducto de las actitudes cotidianas que es el ejercicio del discurso, sobre todo en el periodismo.

Los académicos estadounidenses Tom Rosenthiel y Bill Kovach, en su libro The Elements of Journalism (2007) mencionan varios problemas epistemológicos del ejercicio del periodismo. Uno de ellos tiene que ver con la conceptualización que los periodistas y grupos tienen del concepto “verdad” y de los alcances de ésta en el ejercicio profesional. Pero otro punto todavía más preocupante para ellos es la poca disposición y tiempo que los periodistas le asignan a la reflexión de su propio ejercicio periodístico. También de este tema se ocupó el académico de Berkeley Thimoty Cook en su libro Governing with the news (2004), donde señala que todo periodista –y más los que están encumbrados en grandes medios que vigilan más el negocio que el ejercicio democrático– negará rotundamente ser un brazo del gobierno en su ejercicio profesional. Lo mismo en lo que se refiere a la asociación parcial con grupos delincuenciales o en lo tocante a su repudio a otros grupos tales como minorías étnicas, discapacitados, pobres u homosexuales. Cook dice que casi todos los periodistas que él entrevistó aceptarán su compromiso social y su imparcialidad, pero que el ejercicio cotidiano de su discurso los contradice, al grado de  terminar “gobernando a través de las noticias”. El asunto y conclusión de los académicos es que hay poca reflexión del ejercicio cotidiano. Hay rechazo a entender que el periodismo es una actividad intelectual y es más política que social. “Los periodistas son actores políticos y no sociales” sostiene Cook, “sin embargo cuando se lo señalas se ofenden pues dicen que ellos no son como la clase política”. Esto se ancla a lo que decían Kovach y Rosenthiel: hay poca reflexión –incluso– de los conceptos básicos del periodismo, porque ser “actor político” no es “ser un político de un partido o un congresista”,  sino que todo conlleva una dimensión más importante. 

Creo que en México se hace un periodismo de excelente calidad y conozco comunicadores admirables. Pero también creo firmemente en que en este país  existe un sistema de medios de comunicación que pocas veces reflexiona sobre su discurso cotidiano. Me refiero específicamente a las noticias que veo en los  noticieros de Televisa y TV Azteca, tanto en sus ediciones nacionales como en las locales. Hoy los comunicadores se presentan ante el país a decir que han llegado a un acuerdo de cobertura y que –entre otras cosas– protegerán a víctimas de delitos, protegerán a testigos de hechos, no  usarán terminología judicial en sus notas, no harán una apología de los delincuentes “para que la gente no los tome como héroes”, que protegerán a los niños, que no prejuzgarán culpables.  ¿Acaso estos valores no tenían que ver con su cobertura y ejercicio cotidiano? ¿Por qué se pactan solamente estos ejercicios en las noticias que estén relacionadas con la delincuencia organizada? ¿Qué sucederá con la cobertura de otra índole, con la cobertura cotidiana?

Que el pacto se suscriba solamente a los “hechos de la violencia organizada” deja de fuera una verdadera revolución en el ejercicio del periodismo en México. Puede ser que los medios lleguen a “unirse” en este “acuerdo”,  sin embargo seguiremos viendo programas y noticieros en los que se discrimine al otro, se priorice la noticia policiaca sobre las noticias ciudadanas, se siga homogeneizando la información y la agenda de cobertura, se siga nombrando al otro de la misma manera. Un ejemplo indignante: TV Azteca, en su afán por “cubrir la tragedia humana” de los hechos ocurridos en Japón a causa del Tsunami, no derriba la barrera que supone la diferencia de idioma en México y en Japón. El noticiero nos presenta una nota con los testimonios de los japoneses y su traducción, que nada tiene que ver con lo que los japoneses dicen en realidad. Ejemplos como éste abundan en la televisión mexicana, en las que se actúa con dolo, en las que se desprecia al público. ¿Están los medios mexicanos listos para suscribir tal acuerdo? Este pacto sólo muestra el descuido del ejercicio periodístico en México. ¿Llegar a un acuerdo de lo que es tácitamente y éticamente inherente al periodismo?

Hacer periodismo es una actividad intelectual, de discurso puesto en marcha para construir una interpretación de lo que nos rodea. El periodismo no representa la realidad, ni la construye. Lo que el periodismo construye es discurso respecto de esa realidad. Por eso la comunicación y la construcción de un discurso periodístico es una elección existencial. Así, cotidianamente en los medios de comunicación mexicanos, sabemos lo que esos medios piensan de su público, o del otro. En el pacto anunciado hoy se acuerda lo que ya se ha comprobado académicamente: que para los medios de comunicación mexicanos, el violento es el otro. 






Hasta la medianoche │ Axel Castellanos

Recientemente me presentaron con el Teatro del Ángel y, como primera cita, una producción local del cuento infantil La Cenicienta. Con incontables años de existencia, pero popularizada (y casi adueñada) por Disney, ¿cómo funciona esta última traducción de este relato al teatro dirigido a niños?

Hacer teatro para niños demanda una metodología un tanto diferente al teatro “para adultos”, principalmente por las diferencias de percepción entre ambos. Los niños suelen ser menos críticos y más abiertos a las propuestas de la escena; sin embargo, son más exigentes con la atención y una vez que algo no les interesa lo dejan de tomar en cuenta. Hablando estrictamente de los recursos escénicos que varían, la base de este tipo de teatro es la ruptura de la “cuarta pared”, donde los actores deben desarrollar la capacidad de estimular al público, invitándole a participar al hablarle directamente y hasta incitarle con preguntas. En cuanto a la escuela actoral, es común que en las obras infantiles los actores recurran más a la farsa que al realismo, pues los personajes suelen provenir de cuentos y caricaturas (excepto aquellos personajes vitalmente humanos, como sería aquí Cenicienta). El hacer teatro para niños proviene de la herencia histórica de la pedagogía y la moralización. Es por esto que las fábulas y los cuentos son los temas usados pues tratan de aleccionar a los niños en alguna moraleja de vida. Por supuesto, estos cuentos clásicos se alimentan del arquetipo básico del bien y el mal a un nivel maniqueo. Con ello, se pretende formar una imagen en los infantes de quienes son los “ogros” y quienes los “príncipes” del mundo.

Con algunos aciertos, pero con bastantes deficiencias, la puesta en escena de esta Cenicienta local se encuentra a cargo de Manuel Delgado, director de la compañía Skene. Tres problemas evidentes que deben destacarse: primero, no parece haber un entrenamiento de la voz en los actores, lo cual connota una carencia en el trabajo pedagógico, que no creativo, del director; segundo, el tráfico de los actores en la escena parece por momentos caótico, no por falta de seguridad, sino por falta de entrenamiento de apoderamiento escénico; tercero, la obra presenta un par de números musicales (aquellos más importantes en la película original) efectuados con play back (que de entrada ejemplifica un bajo desarrollo en la producción de un teatro con tintes de musical), no un problema en sí, salvo que tales escenas están tan pobremente armadas que terminan por acabar con el ritmo de la obra.

Dentro de lo positivo, la obra consigue una interacción maravillosa con los niños, para quienes resulta una experiencia muy amena. También se nota una gran frescura en los actores. Es normal que los niños y los jóvenes sean más naturales en el escenario, pero el elenco se dirige con tal honestidad dramática que la empatía con los niños es muy sencilla. Es cuando se nota la apuesta, se entiende el riesgo de Skene por este tipo de oferta.

Hoy en día, la producción de este tipo de teatro presenta una tendencia a la baja, especialmente en la Zona Metropolitana de Guadalajara. Sin los esfuerzos (valiosos pero no completamente exitosos) de grupos como Skene, el teatro para niños prácticamente estaría extinto en esta región. Guadalajara suele autorepresentarse como una ciudad culta, pero con frecuencia presenta una gestión desfasada de las bellas artes, promovida desde la edad adulta (si bien nos va), no desde la infancia. Al menos eso parece respecto a la dramaturgia. Tal vez la razón sea el desdén que se tiene de este tipo de teatro por parte  de los directores y productores locales a este tipo de teatro, o quizás el miedo a no capturar salas de su público meta. El teatro de niños es todo un arte: es más que jugar al payasito de fiestas infantiles. No le vendría mal a Guadalajara un empujoncito en la cultura desde sus primeros pasos. En la ZMG ya hemos visto drama, denuncia social, títeres y una probadita de teatro musical… no sería un mal paso fomentar el amor por el teatro en aquellos que aún creen que la vida es como un cuento de hadas.



Protozoarios TV │ Anabel Casillas

En un principio existió la tele. Era una cajita curiosa e iluminada que congregaba a las familias en horarios estelares casi siempre con fines informativos, como la llegada del hombre a la luna o las caderas de Elvis Presley. En México contábamos con Chabelo, Jacobo Zabludovsky y quizás  Don Gato con su Benito Bodoque. Después, se daban tiempo para alimentar los ánimos de las audiencias a través de las comedias marcadas por personajes planos en situaciones simples: para muestra basten el chipote chillón o los “baldazos” de agua usados en Chespirito. Así es como se constituyó una rutina de vida en la que se conjugaban costumbrismo, convivencia y experiencia audiovisual: dicotomía bien trazada entre lo crítico y lo lúdico.

Tengo muy claro aquel precepto periodístico que recomienda intentar ser lo más objetivo posible y evitar los juicios de valor. Sin embargo, me daré el gusto de  ser categórica y poco tolerante para asegurar que los programas exhibidos en el canal abierto local de nuestra ciudad son una porquería. Lo digo sin miramientos ni eufemismos: puede que sean buen negocio pero sus contenidos  me resultan aberrantes. No es únicamente la baja calidad de la producción ni la lucha de egos absurdos que detentan quienes se colocan sonriendo frente a las cámaras, sino también cómo contribuyen al estancamiento del  empoderamiento de los públicos.

Umberto Eco señala como paleotelevisión a las primeras cuatro décadas de la historia de la TV. Se refiere a la falta de oferta televisiva, controlada en gran medida por el Estado, planificada para una audiencia pasiva e ingenua. Es decir, un modelo unilateral  en el que  se concibe a la audiencia como la masa unificada que con tanta vehemencia condenaba la Escuela de Frankfurt. Así es canal 4: la televisora jalisciense destacada por su programación burda  y carente de creatividad diseñada para públicos de bajo perfil educativo.

Aun cuando la oferta incluye programas de cocina, noticieros y revistas deportivas, la balanza  se inclina hacia el entretenimiento. No digo que la oferta es errónea, porque el entretenimiento es la función central televisiva, más allá de la ingenuidad sobre su deber ser formativo: todos necesitamos un espacio de esparcimiento que no siempre tiene que ser intelectualmente retador. Lo que avergüenza es el formato repetitivo, poco aventurado. Pareciera que encontraron la fórmula para no errar: conductor de ego desproporcionado, música de banda o mariachi, juegos baratos y acartonados,  como las “sillitas musicales” o “ponle la cola al burro”. Si logran avergonzar a algún camarógrafo o, mejor aún, a un pobre al que le faltan los dientes, ilusionado con conocer la tele, entonces aquello se vuelve fiesta.

La clave es lucrar con la humillación, “bulear”  a través de la exhibición de la fea, la gorda o el tullido. ¿Una aspiración del ser en el aparecer, un juego de media mañana desempleada, una apología del naco?: todos tienen cabida cuando se trata de exponerse ante ¿cientos de miles de televisores encendidos?, ¿por qué querría alguien ser parte de la Corte de los Milagros? La respuesta parece simple: porque la televisión proporciona la ilusión de estatus y todos quieren ser reconocidos. No sólo para los asistentes sino también para el ballet de chicas semidesnudas que baten las lonjas y guiñan el ojo a la cámara en todos los programas de entretenimiento desde las 9 hasta las 12 am. Una visita al canal revela con toda seguridad a las muñecas falsas: morenas, pero rubias; pobres, pero con blackberry; elegantes, pero postizas. Apenas te miran con un gesto de desdén, seas hombre o mujer, “¿Disculpa, a qué te dedicas?”, “Todos me conocen, bailo en canal 4”, “Ah, claro, no es como que necesites la secundaria o algo”.

Pero absolutamente nada en esta emisora es peor que Víctor Manuel Luján. Siguiendo exacto el formato que acabo de describir, el conductor de caminar apretado se pavonea agitando su copete de Just for Men . Tristemente, posee uno de los ratings más altos y el mejor horario a pesar de la antipatía que provoca incluso a quienes trabajan en la televisora. Según la información proporcionada por el canal en su página web, “Luján en vivo es un programa que busca promover los valores como el amor y la amistad, dando un mensaje a la sociedad que llega al corazón de la gente”. La verdad no entiendo quién escribe esas fabulosas justificaciones: dudo que haya visto el programa alguna vez.

¿Promueve valores quien pide a muchachas que salten y expongan su bamboleo en televisión abierta? ¿Qué tipo de  mensajes a la sociedad genera quien exhibe y humilla a su audiencia? El conductor se da el lujo de vetar invitados que no se prestan a la burla o no aplauden la tortura que representa escucharlo cantar las mismas canciones a diario. Su ego de estrella autonombrada no encuentra cabida en el foro, a pesar de un desempeño vomitivo, paupérrimo,  un ejemplo de la televisión anacrónica.

“Esto es lo que a le gente le gusta”, me señala un floor manager sonriente, “quiere relajarse, oír música y ver los juegos”. Probablemente sea verdad, pero también es parte de la comodidad en la que se ha sumergido Televisa. Prefieren contenidos menos arriesgados, menos propositivos y, por lo tanto, con gastos apocados de producción. No hay lugar para la ética o el cuestionamiento, no desean probar con programas educativos, incluyentes desde la dignidad del visitante, en el que la gente retroalimente o forme parte de los contenidos realmente, sin el “vacilón” humillante del que parece no darse cuenta o ante el cual disfruta. Es mejor trabajar unilateralmente, fomentando creaciones pensadas para protozoarios, aun cuando la ciudadanía se pretende o se defina evolucionada. Los únicos prehistóricos son quienes no desean intentar algo distinto bajo el argumento de que la gente así es… y Luján. Pero parece que no caerá pronto un meteoro.