prev next

Víctima que contribuye │Anna G. Lozano

Publicado el 2/23/2011 por Juan Pedro Delgado

Pensar que en México los trámites burocráticos pueden agilizarse parece una utopía: por experiencia, sacar un taxfile number para poder trabajar en Australia y recibir tu tax return en dólares al final del año es mucho más gratificante que hacer un trámite “exprés en Hacienda.

Confieso que soy una víctima más del SAT que se deja apantallar por su portal de internet, al que casi le pido ser mi amigo en Facebook. El trámite parece sencillo. “¡Ah, es fácil!”, dice mi colega Víctor, “Sólo sacas una cita en Hacienda para darte de alta como persona física por derechos de autor”.  La instrucción suena poco complicada: jamás imagino la bilis.

Como toda cibernauta, ociosa claro, indago en el  portal del Servicio de Administración Tributaria. No logro registrar una cita a la primera: tengo que hablar a un 01 8000 para lidiar con un tal Óscar quien, además de desganado, parece no conectar sus dos neuronas con lo que sea que esté mascando.

Después de 25 minutos consigo obtener una cita. Bueno, casi. El inexperto ejecutivo telefónico me explica que tengo que presentarme en mi módulo más cercano (Zapopan) y en la sección de Trámites Exprés referir que deseaba conocer mi RFC; ahí mismo podía obtener mi clave CIEF para poder actualizar mi estado fiscal y, en menos de 30 minutos, convertirme en una señora que pide factura hasta en los Tacos Juan. Dijo que era todo, pero que no me olvidara de confirmar mi cita vía e-mail en las próximas 72 horas. Su tono de voz me parece sarcástico, como si el muy astuto, al igual que Mizada Mohamed, predijera la desdicha de mi futuro.

No lo hice. Me olvidé completamente del asunto. Mea culpa. Un millón de firmas en pro de Carmen Aristegui fue el culpable y distractor de mi día. Nuevamente mi memoria falla. Pero para mí fortuna logro concretar y confirmar una nueva cita, gracias a mi amigo YouTube que me explica paso a paso cómo registrar una nueva cita sin necesidad del imbécil de Óscar. Y digo imbécil, no por que estuviese mascando su grotesco chicle en mi oído, sino porque al supongo recién contratado funcionario público se le olvidó mencionar el pequeño detalle de actualizar mi domicilio fiscal. Nunca lo mencionó.

Verán, les explico en unos cuantos reglones lo que a mí me costó comprender después de seis vueltas a Hacienda, cuatro cursos interactivos en el SAT y tres discusiones hipocondriacas con mi abogado y con el contador. 

Darte de alta en Hacienda como persona física con actividad empresarial significa sacar una cita, o en mi caso varias, para acudir diez minutos antes a un edificio viejo tapizado de colores panistas, justo enfrente del Trompo Mágico, donde Juan el viene-viene te cobrará 15 pesos por cuidar, o más bien, no rayar tu carro. Justo enfrente de él se postra un letrero “Estimado contribuyente, no se deje engañar, el estacionamiento del SAT es gratuito”. El viene-viene con maestría me alega en todo: “No, güerita, es que ésta es mi chamba”, mientras saluda con un chiflido rayador a los burócratas del SAT que salen, valiéndoles madre, a fumarse un cigarrito.

La siguiente etapa implica esperar tu turno en la fila Express, donde finalmente Gabriela, Laura o Isabel te atenderán con una rara variedad de gusto. En mi caso siempre fue Gabriela, te recibe así, con una mueca de labios torcidos, tipo Felipe Calderón en las tan sonadas mantas.  Si llevas todos tus documentos, te indicaque esperes tu turno como el resto de los 78 mortales que, igualmente, aguardan. Mientras unos duermen, otros comen. Otros simplemente tratan de adivinar el color de la tanga que se esconde bajo los entallados pantalones de una joven rubia que, igualmente, espera.

Una pantalla gigante indica tu turno. No hay una secuencia numérica clara, por lo que un segundo de desatención equivale a perder tu cita. En mi caso, una voz indica mi turno. Sensación similar a cuando me voceaban en la salida de la primaria: “C784, favor de pasar al módulo 16”. Sonreí. Dejo atrás a la bola de desdichados y mirones que todavía esperaban. Camino victoriosa, creyendo ingenuamente que pronto saldré ilesa de aquel herpetario.  

En el módulo 16, una “señorita” de nombre Olga, pero que más bien tiene cara de Lupe, resulta mi inquisidora. Su atuendo parece un tanto pasado de moda. No es que me considere  super vanguardista en mi vestir, pero sus pantalones negros acampanados, que hacían juego con sus zapatos de charol cerrado, indicaban: 1) muy probablemente aún vive con su madre y, 2) seguramente es contadora. “Nombre y documentos” dice bruscamente. En la repisa de su cubículo destaca una foto de Lupe sonriendo como quinceañera con una leyenda que dice “Yo, Olga Hernández, me comprometo a brindarle un servicio de calidad. En el SAT estamos trabajando.”

Al igual que Oscar, Lupe refunfuña.  Mientras teclea con sus uñas me ordena molesta: “Firme aquí. De mi parte es todo, ¿algo más en lo que la pueda ayudar?”.-“Sí”, le respondo, “Si éste es mi RFC y mi clave CIEF, ¿qué más necesito para ya estar dada de alta?”. Temo por su respuesta: Cruella parece disfrutar el momento. Se  limita a decirme “¡UUUUYYYYY no!, pues primero tenías que haber actualizado tu domicilio, después darte de alta con un ejecutivo y después sacar tu firma electrónica, pero para cada cosa necesitas una cita diferente. Cualquier otra duda la puedes checar en el portal del SAT. ¿Algo más en lo que te pueda servir?”

Hiervo. Pienso que no es posible que una bola de burócratas que aborrecen su trabajo dirijan las riendas exprés de mis procedimientos fiscales. Eso me pasa por asumir pagar impuestos y mis ganas de pedir factura en los Tacos Juan. Casi lloro del coraje, lo juro, sobre todo porque leía perfectamente tras los anteojos de Lupe que no sería ni la segunda, ni la última vuelta que me echaría en vano a Hacienda.

Dicho y hecho. Tres semanas después, sigo esperando con IFE en mano,  comprobante de domicilio, acta de nacimiento, RFC y una llave USB por si acaso. Pienso que tal vez deba buscar en el diccionario el significado de “exprés”. Tal vez para SAT tiene un sentido alterno que lo liga con burocracia y evasión fiscal lógica. 






1 Response to "Víctima que contribuye │Anna G. Lozano"

.
Anónimo Says....

Lástima que vivamos en un país donde las necesidades públicas no sean la principal atención de los políticos, quienes deberían de anteponer éstas por las propias. Sin embargo, bienvenida al sistema, ahora dejas de ser una persona para ser un número más arrumbado en el archivo. Felicidade Anna, un beso. Poncho

Leave A Reply