Machines, pero casadas │ Éctor Sandoval
Publicado el 2/03/2011 por Juan Pedro Delgado
“[…] ¿cómo rebelarse contra una categorización socialmente impuesta si no es organizándose en una categoría construida de acuerdo con dicha categorización, y haciendo existir de ese modo la clasificaciones y restricciones a las que pretende resistirse (en lugar de, por ejemplo, combatir a favor de un nuevo orden sexual en el que la distinción entre los diferentes estatutos sexuales fuese indiferente?”
Pierre Bourdieu, La dominación masculina.
Hace ya varios meses fue aprobada en la Ciudad de México una ley que permite a las parejas del mismo sexo contraer matrimonio. Pareciese que el signo del estigma fue invertido, al menos en esta ciudad. Tras la legalización de la condición homosexual la prensa mexicana e internacional se debatieron entre una u otra posición. Después de mucho tiempo los gays y lesbianas podían casarse y gozar de los mismos derechos ante la ley: todo parece sencillo.
Sin embargo, el antecedente del homosexual en la cultura mexicana es similar al de otras culturas occidentales: ciudadanos sexualmente invisibles. Anteriormente la condición gay o lésbica no tuvo ninguna consideración dentro de la ley en ningún país latinoamericano, salvo el intento fallido en Argentina. El hombre gay y la mujer lesbiana simplemente habían sido reconocidos bajo los estatutos heterosexuales. Para Michel Foucault, todas las sexualidades que transgreden los principios heterosexuales son las de la periferia. Hasta hace poco así sucedía con las prácticas homosexuales.
Nuestra cultura ha relacionado al gay y a la lesbiana como los anormales, aberraciones de la naturaleza, actualizadores de todo tipo de prejuicios: el hombre homosexual exageradamente femenino, promiscuo, incitador de menores, propagador del VIH; la mujer lesbiana exageradamente masculina, menos rechazada que el hombre, pero señalada con desdén.
El cambio de la constitución del Distrito Federal generó distintas reacciones en todo el país. Varios grupos salieron a la defensa de la “familia nuclear” (padre-madre), desde ámbitos como el legal (abogados católicos) y el religioso (iglesia católica e iglesias cristianas). Brotes de inconformidad que surgen principalmente en los estados que han sido reconocidos como los más conservadores, entre estos Jalisco.
Varios elementos componen y construyen a las sociedades y, a su vez, forman las mentalidades de sus integrantes. En nuestro país predomina la moral cristiana-católica: los acontecimientos de nuestra historia nos han llevado a ello. El credo católico, sumamente relevante en la construcción de la identidad de ciertos sectores sociales del país, inculca la exaltación de la heterosexualidad como parte de la “naturaleza humana”, el valor de la familia y el rol de la mujer ante su propia existencia y frente en desventaja ante lo masculino: la vida hecha categorías.
Parece que a partir de la regularización de los matrimonios gay-lésbicos el escenario comienza a transformarse. Grupos en pro de los derechos de inclusión legal aplaudieron lo acontecido en México. Pero las mentalidades se mantienen intactas: los modelos cognitivos que rigen en la cultura mexicana respecto a la sexualidad siguen las líneas de lo hetero. Por ahora, las sexualidades “periféricas” no entran aún en el terreno de las representaciones asumidas como cotidianas y “normales”.
Ante la Constitución, el gay y la lesbiana ya son ciudadanos visibles, ambos pasan al texto que se renueva sin moverse. Sucede que éstos han crecido en una sociedad que promueve cierto tipo de tipificaciones y recetas de conducta. Es significativo y arraigado el influjo de estos modelos de representación y comportamiento donde destaca lo masculino. Pierre Bourdieu expone que el gay, la lesbiana y las mujeres son las primeras víctimas, ya que ellos mismos terminan por aplicarse los principios dominantes. Repiten-reconstruyen el sistema que los domina: un sistema simbólico masculino.
Los propios homosexuales y lesbianas construyen categorías para definirse: oso, chacal, chichifo, mayate, leather, travesti, vestida, loca, entre otras. Bourdieu observa en esto la reproducción del imaginario dominante. Cada una de las identidades desde lo descriptivo gay mantiene una estrecha relación dual: unas categorías más cercanas que otras respecto a lo masculino, otras más próximas a lo femenino. El peso de la cultura es definitivo. Todas estas categorías surgen del influjo cognitivo del modelo masculino (macho) / femenino (hembra). El gay y la lesbiana asumen para sí el sistema que los oprime mediante los roles sexuales, activo para el que cumple la función masculina, pasivo para el que realiza la función femenina: continuidad del gran orden.
Las tipologías antes mencionadas presentan características particulares como la vestimenta, la apariencia, que estén o no asociados en grupos. Independientemente de esto, con frecuencia, ciertos gays (en menor grado los lesbianas) prefieren la cercanía con el estereotipo masculino heterosexual. El rechazo hacia lo femenino -el hombre afeminado- por parte de algunos homosexuales suele ser recurrente.
Triunfa la iconización de lo masculino. El propio gay extiende el prejuicio hacia lo femenino, por tanto rechaza a gays o lesbianas que pertenecen a otra categoría. Ante todo se prefiere lo que se aprende, es decir lo aceptado socialmente. Toda manifestación, pública o privada, que no cuestiona, lleva la insignia de lo inculcado.
Aleatorios desde una página de contacto y sexo explícito, en los perfiles insertos a lo largo de este texto se evidencia el triunfo de lo masculino aspiracional. No es una falacia de accidente por su persistencia y lugar común. Varios de los tipos masculinos descritos forman parte de los estereotipos de macho en la cultura mexicana y latinoamericana. La formación cultural del hombre y la mujer (homosexual o heterosexual) está encaminada a prolongar esta predilección.
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