Sonósfera irrepetible / Gabriela Bautista
Publicado el 9/29/2010 por Juan Pedro Delgado
Preservar los sonidos del mundo es un ejercicio poco común porque, por lo general, preferimos captar las imágenes del mundo con una cámara fotográfica. El canadiense Murray Schaffer propuso en 1969 el término “Paisaje Sonoro” para ejercicio de grabar los sonidos para preservarlos. El objetivo es sencillo: “atrapar” el tiempo a través del sonido, pues cada era de la humanidad cuenta con sonidos propios. Por ejemplo, pensemos en el sonido de un tren a vapor, común en la época revolucionaria. O pensemos en los sonidos que reproducimos hoy en día y que pertenecen a artefactos o situaciones únicas de nuestro tiempo. Schaffer proponía que otra forma del conocimiento del mundo viene desde los sonidos que el planeta, o nosotros mismos producimos. El sonido es un fenómeno físico tan impactante como el de la luz, o el olor, o el tacto, o gustar. Los defensores de las técnicas expresivas a través del sonido (considero que la música es el arte sonoro supremo) creemos que el sonido siempre será más impactante que una imagen. Cliché explicativo: cámbiese el sonido de una película, y el efecto será completamente distinto.
La captura de los sonidos con un propósito paisajístico hoy es muy sencilla gracias a la tecnología disponible. Cabe mencionar que la captura de los sonidos es una disciplina emocionante: el entorno “arma” una pieza sonora por sí solo ya que todos los elementos presentes en una sonósfera compondrán para siempre un momento irrepetible. John Cage fue el primero en reflexionar sobre este momento mágico con su pieza 4:33
Los equipos de grabación hoy son capaces de “captar” las mismas frecuencias sonoras que las que es capaz el oído humano. Incluso, puede captar aquellas “inaudibles” para las personas, por ejemplo el sonido de la tierra. Pensemos en algo: si el sonido es el resultado de la vibración de los cuerpos en el espacio a ciertas frecuencias, ¿ha pensado a qué frecuencia vibra la tierra? Un sonido muy impactante que forma parte de un paisaje sonoro interesante es la vibración del mar. Somos capaces de percibir ciertas frecuencias de la enorme masa de agua que compone nuestro planeta, pero existen otras frecuencias bajísimas, lentísimas, potentísmas…
Ahhhh, el sonido del mar.
Pero vuelvo a mi punto. Gracias a la tecnología disponible podemos grabar los sonidos con alta fidelidad, tal como lo reciben nuestros oídos. Aún más: el “paisajista” (si se me permite el término) puede colocar distintos micrófonos y pedirle al aparato de grabación que los capte en una simulación de cómo lo harían nuestros oídos. El oído humano es capaz de captar sonidos a 360° del lugar en el que se está. Aunque hoy podemos captar sonidos de manera simulada, el paisaje sonoro enfrenta dos retos importantes: la grabación y la reproducción. Existen salas experimentales de cine que proponen la escucha 14.1, esto es, 14 bocinas alrededor del espectador con una bocina para las frecuencias más bajas: de esta manera, se podría “reproducir” o “representar” un efecto cercano al de la escucha humana.
El paisaje sonoro ha encontrado un foro de reflexión interesante en Guadalajara por medio del colectivo de Socioacucia. Sus miembros, entusiastas del sonido, han traído conferencias a la ciudad en las que se ha hablado del paisaje sonoro y lo que vendría a ser su hermano “wanna be”: el arte sonoro. El pasado mes de julio, el Museo de la Ciudad en Guadalajara abrió sus puertas a la exposición Poli-foneo en el que diversos artistas del sonido expusieron diferentes propuestas en torno a lo que se podría hacer por medio de la manipulación del sonido (y por eso le llaman arte sonoro). El ejercicio fue interesante, pues se “tomaron” diferentes sonidos de la ciudad para con ellos “crear nuevos mensajes”, así como intervenciones in situ y conciertos. No obstante, se discutió en foros como Facebook o Radio Universidad, que como el museo no tenía las capacidades tecnológicas para reproducir los sonidos (las frecuencias también deben tener un equipo de salida que sea capaz de reproducirlas todas), las piezas expuestas se mezclaban entre sí. Así, convivían piezas como la de Luz María Sánchez (a mi juicio la más interesante) que reproducía en 45 bocinas la voz del Cardenal Sandoval, con otras que sólo eran grabaciones de baja calidad de cantantes callejeros. Otras piezas estaban junto a unas ventanas y se confundían con el sonido exterior, otras más parecían más ocurrencia que propuesta artística. El reclamo general versó en torno a por qué es necesario que una pieza sonora se explique. No pretendo entrar en las discusiones arduas del arte contemporáneo, pero aquí cabe reflexionar si el sonido puede transformarse en materia de arte más allá de la música. El ejercicio de “grabar” sonidos más allá de un instrumento musical es lo que desde los años 50 se le llamó (y sigue llamando) música concreta. En este sentido, el reclamo más fuerte venía de los músicos: ¿porqué los sonidos expuestos en Poli-foneo pretendían ser arte sonoro si ya existen las propuestas de la música concreta y, aún más, los sonidos expuestos no estaban ordenados de acuerdo con las reglas de la música? Los artistas sonoros respondieron: porque no se trata de música, sino de manipulación del sonido y de “reflexión de la realidad” a través de ello.
El arte sonoro como tal es un ejercicio polémico y muy difícil de lograr resultados realmente impactantes. Aquí recuerdo una frase de Susan Sontag: Toda pieza de arte debería pretender ser como un atardecer: siempre única, irrepetible, capaz de quitarnos el aliento. Sobre todo: capaz de ser recibida sin ningún tipo de prejuicio.
En la exposición Poli-foneo se expuso poco paisaje sonoro como tal; creo que a los realizadores les aburre el sonido por sí mismo: es más interesante el reto de manipular frecuencias para crear piezas estremecedoras, pero ininteligibles. El caso del paisaje sonoro, como tal, no tiene pretensión artística, sino más bien historiográfica: momentos que no volverán a repetirse, pero que si quedan grabados, se transforman en testimonio del tiempo.
Creo que el interés que ha despertado el colectivo Socioacucia en la ciudad es positivo. Lo interesante sería que nuestras salas museográficas e instituciones locales se preocuparan por la conservación de paisaje sonoro y por abrir foros (como ya ha ocurrido para Socioacucia) para la reflexión de sus usos y desusos. El campus Puerto Vallarta de la Universidad de Guadalajara ya lo hizo con la edición del disco Paisaje Sonoro Malecón de Puerto Vallarta, la tesis de ingeniería multimedia de Yair López. Asimismo, Sandra Gallo Corona, estudiante de doctorado en Biología, actualmente estudia el paisaje sonoro de islas del Pacífico mexicano, tales como Isla Raza o Isla Guadalupe. Conservar los sonidos puede hablarnos de quiénes somos… y fuimos.
Cuando uso paisaje sonoro para utilizarlo en teatro, he recibido instrucciones claras: ubicar al público en el contexto de la escena teatral. Otra instrucción: estremecer al otro por medio del sonido. El trabajo con el éste es polémico pues requiere forzosamente un ejercicio denotativo que no puede separarse de un proceso connotativo, tal como ocurre con la fotografía documental; pero a diferencia de la fotografía, mirar una imagen no nos pone la vida en juego. Escuchar, sí.
Quiero cerrar estas palabras con dos ejemplos significativos de ejercicios sonoros: uno es una pequeña toma que la bióloga Sandra Gallo hizo cerca de las playas de Chamela. Aclaro que la bióloga graba en sitios remotos pues necesita que los paisajes sonoros que estudia no tengan en absoluto ni un sonido del hombre. Parece un paisaje sonoro habitual: cantan las chicharras, las aves se comunican, las lagartijas pasan por el ramaje seco. Al fondo de esa colección de sonidos y poniendo mucha atención se escucha el sonido de lo que podría ser algo parecido a una pequeña flauta armónica, feliz, como de alguien pasando. La bióloga me explica que ese sonido no puede pertenecer a ni un ave, o a ni un insecto, mucho menos a una persona. Momento irrepetible.
Otro ejemplo estremecedor: una pieza guardada en el archivo sonoro del centro de arte contemporáneo George Pompidou de Francia. Un hombre sale a escena en un pequeño centro nocturno. La gente bebe, charla, los meseros pasan. El hombre da las gracias por haber presenciado su show y para despedirse recita un poema de Genet. Su voz se transforma en la de diez hombres diferentes.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 Response to "Sonósfera irrepetible / Gabriela Bautista"
-
Letras de Anabel Says....No cabe duda, en muchas ocasiones hemos olvidado la capacidad del sonido como espacio artístico, y lo cierto es que posee la cualidad de remontarnos a otros tiempos, otras ideas, nuevas poesías...
Felicidades, Gaby!
Leave A Reply