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Si no hay solución, ¡la revolución! │ Moisés Maldonado

Publicado el 7/06/2011 por Juan Pedro Delgado

Chema nació para ser un líder.

Lo conocí el primer año de secundaria, apenas mi segundo día de clases.

Sobre una mesa de pin-pong, Chema envía un mensaje al aire con elocuencia: “¡Merecemos baños dignos, dignos de los estudiantes de la Escuela Secundaria Técnica No. 4!”. Con el ánimo sobredimensionado, exhorta a los compañeros a postergar el receso indefinidamente, hasta obtener las peticiones de la comunidad estudiantil. Las promesas son potencia hasta que un sonido estruendoso –el timbre– las derrumba.

Integrada por él y dos amigos más, la comitiva baja por las escaleras que conectan con el patio, atraviesan el pasillo hacia la dirección y se sientan en la sala en espera de la oficina principal. Cualquiera sabe que los directores son demasiado importantes para atender alumnos personalmente, para eso existen los prefectos. Ese día comprendo que el asunto no es alcanzar un objetivo real, palpable, satisfactorio, sino montar un acto en el que todos los actores conocen el guión. “Le haremos llegar su peticiones, muchachos”, y la secretaria le guiña un ojo a Chema. La simulación se descubre cuando se ridiculiza.

Al regresar a clase, interrumpen al maestro y se dirigen al grupo: “El nuevo director nos tomará en cuenta para las decisiones en esta escuela. Esta vez nos van a escuchar, compañeros. Vamos a recibir lo que pedimos, ni un paso atrás”.

En aquellos días, cuando la política ocupa la mínima parte de nuestras mentes, sobre todo porque es un tema para los “apestados”, a Chema se lo ocurre la brillante idea de autonombrarse la voz de nuestros intereses, “interlocutor y representante estudiantil”. Nadie se opone a que él nos represente.

Después nos llegó la noticia de que Chema había ganado una beca preuniversitaria por su intachable compromiso y liderazgo estudiantil, una beca que tenía como requisito pertenecer al cuadro de honor durante tres años consecutivos. El beneficiario lo escogía personalmente el director y, si no me equivoco, nuestro líder repitió los dos primeros años.

Él fue el primer experto en gobernanza simulada que entrevisté.

En pocas palabras, la nueva gobernanza es el gobierno de la sociedad con la sociedad. En ella, lo más importante no es la capacidad del gobierno de gobernar a su sociedad, sino cómo lo hacen, cómo gobiernan los gobiernos.

En los años 70’s, algunos académicos alemanes y holandeses cuestionaban un paradigma que rigió el siglo XX: toda acción del gobierno es de gobierno. Ellos interrogaban si en realidad éste gobierna: “¿[los gobiernos] disponen de los recursos y las posibilidades para definir el rumbo de la sociedad y efectuarlo por si mismo?”. La conclusión fue que no toda acción de gobierno es de gobierno.

Chema y yo no fuimos los grandes amigos, pero nos conocimos bastante bien por nuestras posturas encontradas de lo que es hacer política. Para él, uno nunca es parte del problema y las soluciones se otorgan o se reciben, no se trabaja por ellas. Quizá de ahí que las causas de los más desfavorecidos, sin duda legítimas e incuestionables, representan para él una bandera intercambiable que se erige dependiendo de las circunstancias.

La habilidad que le faltaba en oratoria le sobraba en el cobro de favores. Conocía a la perfección dónde vivía cada uno de las compañeras y los compañeros. Por las tardes, intercambia objetos por facilidades de aprendizaje, exámenes a cambio de un walkman pirata, videocasetes eróticos de los ochenta o un estuche de colores por dos tacos de barbacoa: uno para él y el otro para sus dos amigos, mitad y mitad: el manejo del territorio y la movilización son básicos en las atribuciones de un líder.

En los pasillos no era un secreto que su movimiento era incapaz de derrumbar un régimen, pero de alguna manera obtenía concesiones de las autoridades escolares: “Es que luchamos por los valores democráticos”.

En el pedir estaba el dar: con una señal podía detener una manifestación y apagar el escándalo, la decisión se la dejaba a las autoridades. La carta de negociación incluía promesas futuras de no regreso mientras –aclaraba– siguieran siendo escuchados. La credibilidad se construye en el largo plazo; en el corto plazo, una demanda no cumplida es un llamado a la acción. 

Hace unos meses lo encontré movilizando a un grupo de manifestantes. Me pareció ver a sus dos amigos de la secundaria pero mucho más acabados y corpulentos. Se dirigían hacia una dependencia gubernamental. En el arte de la movilización, los recursos se maximizan: por un lado, las pancartas tenían un mensaje de exigencia para regularizar predios que invaden zonas protegidas del bosque; por el otro, exigían recursos para la protección del bosque. El líder debe tener un amplio conocimiento de los temas sensibles y enmarcar el debate adecuadamente: no es invasión del bosque, es vivienda para los necesitados; no es detener el desarrollo, es proteger el medio ambiente.

Le seguí la pista en los diarios del circuito político local. Busqué su registro en organizaciones civiles, ciudadanas y partidos políticos. Ha perfeccionado su técnica como organizador de marchas pero no como organizador comunitario.  

Localicé a Chema a través de las redes sociales y le invité un café. Descubrí que el Café Madoka donde me citó le gusta por la apariencia de joven intelectual añejado. No frecuenta otro café del centro porque le gusta tirarse a las meseras; eso sí, su fetiche son las burócratas sin ideología. Una diferente cada semana.

Empezamos a platicar y rápido conectamos, como en la secundaria, porque en algo nunca estuvimos de acuerdo: las causas se ajustan a las demandas. Yo siempre he creído que es al revés. Él lo tomó como una forma de crear organizaciones que nacen, se transforman y mueren en tres meses. De nuevo, entiende muy flexible el concepto dl liderazgo transformador.

A primera vista, parece un hombre dedicado a la construcción de capacidades de organización ciudadana con un fuerte compromiso social. Pero sus actividades como organizador son efímeras y no transcienden del señalamiento, se agotan al momento de ser escuchadas. Después, se repliega con la dádiva y cierra el círculo vicioso: por un lado la conformidad y por el otro la simulación del cumplimiento de la responsabilidad.

Le pregunté si no tenía un conflicto con representar tantas causas y ninguna con trabajo a profundidad. Me dio una lección de gobernanza simulada: “Yo no puedo contra la apatía de la gente, ellos [el gobierno] tienen que darnos una solución a esto. Si no pueden, pues que se vayan.”

Hago un esfuerzo por comprender el postulado de la nueva gobernanza: los gobiernos no pueden solos, puesto que necesitan los recursos, las ideas y las capacidades de otros para gobernar. Por ende, cuando los gobiernos son ineficaces, su problema es de insuficiencia, de tal suerte que tienen que gobernar a través de terceros. ¿Qué éxito tendrán los proyectos, programas y acciones que se realizan sólo con los recursos del gobierno y sólo con las ideas del gobierno?

Desafortunadamente, en nuestro país, este nuevo proceso directivo de la sociedad, se entorpece entre nuestras condiciones. Para que se presente lo anterior debe existir “un gobierno experto y competente, sin incoherencias y deficiencias en su organización y operación, financieramente robusto, legalmente impecable y administrativamente eficiente” (Luis Aguilar).

No me extraña que Chema me siga hablando con el discurso de los legisladores y los partidos políticos, muy de la época en que él y yo ni siquiera nacíamos: “México requiere una Reforma del Estado… necesitamos una Reforma Electoral, una Reforma Energética, una Reforma y otra Reforma”. Toda reforma, sea cual sea, se construye con la idea de dotar de capacidades al gobierno cuando  la noción actual de las condiciones sociales dice que el gobierno es una agente de dirección necesario pero insuficiente. La tendencia habla del paso de un centro a un sistema de gobierno (“Governance system”, PNUD). Desde la esfera gubernamental, se propone como solución fortalecer el centro, mientras el reto es hacer del gobierno un agente descentralizado que oriente y direccione a la sociedad. Acá se propone reforzar centralizadamente al agente insuficiente.  

Ya no quise comentarle a Chema sobre si en algún momento había considerado que entre las múltiples causas que defiende, resolver los problemas, enfrentar las deficiencias y crear bienestar ya no sea obra exclusiva del gobierno. Ni para qué tratar de explicarle la idea del gobierno asociado en red, en co-producción, en co-operación, en dinamismo interorganizacional. Pues todo líder, como sujeto, pierde relevancia pública en el nuevo proceso de gobernar, porque ya no es obra de un solo hombre, es de una sociedad.

En el Madoka, la algarabía en el ambiente provocada por los gritos de los adictos al dominó apenas nos deja platicar sorbo tras sorbo.  Algo cambió: su visión de la política es más conservadora de lo que era antes, ahora en los intereses hay dinero, y el café es excelente.

Atrapado en la era de los gobiernos jerárquicos unitarios, Chema se resiste al cambio. No es de los que aceptaría pasar de ser demandante a co-participe a co-responsable: eso le estremece. No cualquier líder trasciendo su círculo de confort. 

Para no perder la costumbre, Chema vive del resultado de sus negociaciones políticas, un poco de aquí y de allá para completar gastos y mantener vivo al grupo entrenado para riñas.

El sistema de marchas opera con la normalidad de los años anteriores, pero ahora las redes sociales le permiten convocar más rápido y abrir más frentes de participación, aunque no haya aumentado su poder de convocatoria. Una golondrina (red social) no hace verano (acción colectiva).  

-¡Si no hay solución, la revolución!”- y se limpió la salsa de las enchiladas Madoka. 









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