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Compromiso y virtualidad / Juan Pedro Delgado

Publicado el 10/27/2010 por Juan Pedro Delgado


Entiendo el hartazgo. Comprendo el agobio social ante la nula confianza que se han ganado con empeño las instituciones. Sabemos que no nos bastan los partidos, ni el paternalismo gubernamental, también que el municipio corrupto e ineficaz es ahora la base de nuestro federalismo. Asumo que esta idea de la representación y que otro decida por mí ya no basta o que en realidad nunca ha bastado. Acepto que esta cosa llamada contrato social tiene ya demasiadas cláusulas y no es suficiente mi pago de impuestos. Hasta parece lógico el llamado a las armas.

Lo que no comprendo es la llamarada de petate del seudocompromiso.

Dentro o fuera. Porque desde la periferia es mucho más fácil. Sólo basta ver las noticias y seleccionar el drama en turno, atestiguar el documental plañidero, llamar a un número para desprenderte de 20 pesos, comprar una postal alimentaria en el supermercado o donar una cifra mínima en el cajero automático. En este compromiso desde el contorno, el problema es ese extraño hábito de la rendición de cuentas, esa alienada costumbre de que espero a que me acusen para clamar que se trata de un complot, de una malicia, de las desavenencias con un malagradecido. Luego, la habitual lista de organismos que desvían fondos y a los que no se les solicita, puntualmente y de antemano, un proyecto de transparencia en el manejo de la causa, cualquiera que sea.

Porque padecemos de causitis melodramática  y tal vez de un gusto morboso por el activiteinmet. Qué bonito lo de Iniciativa México, cuánta lágrima en el Teletón, cuántos Kilos de Ayuda, qué chulo Redondeo. Cuánto espectáculo, un millón de juguetes frente a caritas por siempre felices, cuántos niños que terminarán sus estudios con esta beca fantástica que los sacará de pobre. Un argumento de pendiente optimista: el futuro arreglado sólo por la unicidad de un acontecimiento. Pero qué suerte de responsabilidad empresarial traducida en ganancia. Sobre todo, qué potente la infraestructura, qué capacidad de organizarse para concretizar logros y capitalizar lágrimas.

Flower Power (Bernie Boston, 1967)
De qué me sirve, en cambio y de verdad, participar del simulacro de que transformo el mundo con mi marcha florida, mi retén épico, mi flash mob artístico, mi huelga de hambre reluctante. Cómo funciona, en serio, esta asunción de que si hago un alboroto momentáneo se modificarán leyes, se detendrá la violencia, bajarán los precios. De qué sirve y cómo funciona el autoengaño de esta participación tan frágil, construida de cascajos de enojo, improvisación y dos o tres iconos de manifestantes que no cambiaron el mundo pero sí se volvieron iconos por el momento oportuno y el buen ojo de un fotógrafo.

Pero la gratificación individual debe ser mucha para corporeizar el enojo y el agravio, convocar desde la inexperiencia la movilización ciudadana. Qué rico el capital simbólico que me aporta. Qué sabroso cumplir mi cuota de participación. Mi consciencia apaciguada me lo agradece: aquí, en cortito, cada vez que me duermo o cuando presumo mi solidaridad al paso. Qué remanso para mi ego. Pero la movilización de mi emoción, per se, no coincide necesariamente con la mejora sustantiva de los anhelos del otro.

Pero es que debe ser algo fácil, porque todos empatizan con tu causa, porque quién se niega a ayudar a los niños pobres, a los inundados, a los despojados, a los perros en infortunio. Porque quién eres tú para negarte, porque si lo haces eres una mala persona, que no se compromete, que no es solidaria, que es soberanamente egoísta. Recuerdo un par de correos en mi lugar de trabajo donde se me recriminaba mi poca participación en llevar latas de alimentos a un centro de acopio emergente e improvisado. El tono de voz, la maximización, la falacia de pendiente, me parecieron ofensivos precisamente por su exceso de melodrama, su escritura no planeada y por su ingenua categorización acerca de mi vida. Se me cuestionaba que, en una universidad de ciudadanía, mi condición de catedrático comprometido estaba en entredicho por la ausencia de una lata de sardinas. La ofensa viene por la miopía, el centro de que mi compromiso debía ser obligadamente para SU causa: la buena, la meramente, la única. De esta forma,  si falla la causa, siempre le puedes echar la culpa a la apatía ajena: tú ya cumpliste con la iniciativa, con el punto A de la inercia. Porque en algún lugar leíste que con la buena voluntad basta, que con eso puedes lavarte las manos de descuidos, vandalismos y consignas en verso sin reporte de resultados.

En este reclamo de solidaridad emergente mi individualidad no existe. Estoy obligado ante la demanda apresurada a colaborar en cuanto se me atraviese. Qué importa que mi prioridad existencial me coloque en la salvaguarda de perros y no en la de los inundados, no tiene relevancia que elija ayudar a los niños de las calles en lugar de contribuir a la mejora de otros grupos vulnerables. No importa que tenga la facultad y el derecho  de elegir mi compromiso como mi humor lo prefiera. Yo me inclino por aquello que me mueve por mi historia de vida, mis traumas, mis proyecciones. Desde dentro o desde afuera. Depositando en el cajero o fundando lo que se me pegue en gana.

Pero lo que abunda es el chantaje emocional por un lado y la falta de empresa por el otro.

La última vez que mis alumnos salvaron el futuro con Invisible Children se veían sumamente animados en las fotos: comprometidos, solidarios, ciudadanos. Porque no hay nada más estimulante que rescatar niños, arquetipos de la esperanza, aunque sea sólo de forma simbólica. Me dicen que la fiesta de cierre de la salvaguarda terminó en una gran borrachera. Pero se muestran incómodos, incluso enojados, cuando les cuestiono sobre el número total de niños recuperados, sobre cuánto dinero se acumuló para qué instancia de ayuda específica, cuántas firmas se enviaron a las instituciones, cuál era el fin último de su protesta, más allá de las fotos de recuerdo en Facebook. Los niños de Uganda debieron sentirse aliviados cuando recibieron las imágenes de cómo los universitarios de México se manifestaron con ahínco para rescatarlos. Pero qué bonita marcha, cuánta convivencia, cuán logrado el simulacro de activismo que, por lo demás, tiene la función de que un puñado de estudiantes vea más allá del juego y se empoderen de sus decisiones humanistas.

Pero es distinto el desempeño práctico, la competencia potestiva más allá de la voluntad parlanchina. Es la brecha entre el compromiso racional y el borlote visceral. Si Amnistía Internacional, Human Rights Watch y Greenpeace son pasiones distendidas y acaso efectivas, retomando un ensayo de Pablo Fernández que habla de niveles de sujeción de las metas, algunos movimientos locales son sólo caprichos entre horarios de clases o ingenuidades efímeras bajo el sol y detrás de las mantas. Para comprometerte a fondo necesitas un plan estratégico y un intenso networking: necesitas cobertura, participación proactiva en el sistema, relaciones públicas. O mejor trabaja con un perfil bajo, día tras día, tranquilo y sin fuegos artificiales: una causa pequeña y aprehensible, tu colonia, tus vecinos: un cambio discreto, una mejora paulatina que no necesita publicitarse. Grandes transformaciones ocurren desde la cotidianidad y una buena disposición en corto, sin tragedia y sin berrinche: casi un humanismo plácido que nace del sentido común.

También puedes, para algunos es suficiente, conformarte con pagar impuestos, separar la basura, sembrar tu propia yerba…

¿Puede más el enojo que me mueve atropellado que la gestión pragmática que sostiene mi causa? Bajo el detonante aparente de las mejores intenciones, a veces bajo la gratificación social, con frecuencia sobre el autoengaño, se trata por tanto de rendir cuentas plausibles, establecer objetivos congruentes, proponer variables que midan logros reales. Es el costo oportuno, que no de oportunidad, de adquirir compromisos sociales en forma. México Unido contra la Delincuencia es una asociación que nace del coraje de una madre frustrada, pero lo que la separa de la marcha desarticulada y efímera es su capacidad para gestionarse como una marca, un proyecto continuo y estructurado, más allá de la inesperada participación, lejos de la esporádica respuesta. Representa, como otras organizaciones mexicanas de la sociedad civil (OSC),  el compromiso racional en una entidad inteligente.

Porque no se trata de matar el hambre por un fin de semana, de caridad de fin de año o de azotar sartenes para que automáticamente bajen los impuestos. El compromiso perspicaz intuye necesidades que van más allá de una lata de atún, una botella de agua, doña Esther que deja de ser golpeada: estructura de arranque, empoderamiento efectivo, formación oportuna, educación para la paz.  Se trata de filantropía estratégica, de la construcción en red de la acción pública para potenciar el desarrollo y la calidad de vida. De acuerdo con Alternativas y Capacidades, una entidad que ofrece estrategias para la profesionalización de las OSC’s e instituciones donantes, México tenía en registro en 2008 entre 7,000 y 8,000 donatarias y organizaciones de la sociedad civil, 30 veces menos que Brasil que, con el doble de población, anotaba 200, 000 (1). No imagino la cifra nacional de acciones ciudadanas activas que se mueven en la improvisación, el ánimo enardecido y el tumulto acéfalo. ¿Cuántas de éstas han tenido resultados de fondo en las políticas públicas, cuánto han mejorado sustancialmente la existencia, que no sólo la vida semanal, de los que defienden? No es suficiente el reclamo que vocifera, es necesario generar contenidos por aprovecharse, canales por explorarse, programas sustentados que se implementen con eficacia: el compromiso útil  que confronta el espectáculo del compromiso.

Pero es menos complicado Facebook y ese botón que te une a tantos amigos como causas. La ventaja de tu empeño desde la periferia. Luego, quién duda de tu involucramiento cuando ven tu perfil tan participativo.

(1)    http://www.alternativasociales.org/esp/index.php







7 Response to "Compromiso y virtualidad / Juan Pedro Delgado"

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Roque Says....

Precisamente esa idea de jactarse (y obviamente conformarse) por un "compromiso light" puede ser un gran impedimento para cambiar situaciones que mejorarían las condiciones de grupos sociales vulnerables.

Me parece buena la propuesta profesionalizar las OSCs o seguir un ideal de forma estratégica, con indicadores de incidencia (en políticas públicas, por ejemplo), basado en resultados. O comprometernos sin tanto cacareo; "desde la cotidianidad y una buena disposición en corto" como bien dices.

Sin embargo, tristemente, el "show" es necesario. Creo que muchos cambios se han llevado a cabo con la participación de personas que sintieron esa empatía/emoción/llamaradadepetate. Porque si uno se espera a que cada individuo tenga un compromiso total con una causa, los cambios no se harían. Supongo que hay todo una teoría sobre movimientos sociales que puede explicar esto. El dilema entonces sería, hasta qué punto ese sentimiento de suficiencia nos deja ciegos ante la inutilidad de nuestro esfuerzo momentáneo. Eso vale la pena combatir.

Por cierto, yo estuve en lo de Invisible Children. Sabía que era mejor contratar a unos mercenarios para ir a matar a Joseph Kony y entendía perfectamente que era una estrategia mediática (el "show" a más no poder). Desgraciadamente, muchos de los que asistieron fueron a cumplir su cuota de ciudadanía.

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dayanna* Says....

Ja, yo organicé y la verdad es que coincido con Roque. Al final del día sabíamos que no salvaríamos a los niños africanos que fueron secuestrados y que estaban en las filas del ejército rebelde de Kony, pero por otra parte dimos a conocer la causa a un montón de jóvenes que fueron a cumplir su cuota de ciudadanía. Sí terminó en borrachera, pero la celebración no fueron por los resultados de la causa, sino por los resultados del show, porque logramos convocar a más de 500 jóvenes.

Sobre el dinero no recuerdo la cifra, pero las cartas firmadas fueron más de 500 y fueron enviadas a la instancia que correspondía. Hubo logros, un par de semanas después hubo un pronunciamiento de parte del gobierno mexicano. Al final eso tampoco sirve de nada ya que por más que los países digan que está mal, que debe terminar, Joseph Kony sigue secuestrando y mutilando niños.

Como dice Roque, desgraciadamiente el show es necesario. Me gusta tu propuesta de profesionalizar las OSC's, existen ya un montón de esfuerzos en este sentido y cuando se llevan a cabo te das cuenta que no es tan fácil, que las llamaradas de petate son más sencillas y aquí medimos nuestro compromiso: trabajamos duro y sin tantos reflectores en cosas que no siempre son tan divertidos o nos quedamos con los shows mensuales a los que a veces van los medios y donde toda la sociedad puede ver que "estamos comprometidos" pero realmente no hacemos nada.

He de confesar que más que la causa yo amo la organizada y me hace sentir medio roja poder armar algo grande, aunque al final no cambia nada.

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Pedro Says....

Creo que viene al tema de profesionalizar la movilidad ciudadana la convocatoria de la Fundación Ethos y su Programa de Formación de Líderes 2011. Involucra a alumnos y graduados en la gestión de proyectos relacionados con políticas públicas y el desarrollo social. Diez meses académico-prácticos, tiempo completo y sin costo. Vaya, que sólo para los que ya no soportan el show de la llama en el petate. La convocatoria cierra el 12 de noviembre.

http://ethos.org.mx/lideresethos/index.htm
www.ethos.org.mx

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Gabriela Bautista Says....

Hola Juan!
Me gusta mucho la columna, me mueven las tripas las afirmaciones de tus lectores: "el show es necesario". Quisiera escribir de eso. Creo que los esfuerzos, el activismo, la acción se ven más afectadas y minadas por los supuestos sobre el otro. No hay cambios y no los hay por seguir creyendo que el show es el único camino de movilización. Creer que el otro es un ser plañidero y amante de lo que convoquen Lucerito, o Galilea Montijo o Andrea Legarreta, es reducirle su capacidad política, su pasión por la mejora o el sentimiento (en lo más noble y enaltecido del término) de la compasión.
Yo creo que el cambio comenzará a moverse cuando dejemos de suponer por el otro. Es cierto que hay causas o movimientos que sin los medios no lograrían mover las cúpulas necesarias y que hay movimientos que, han crecido tanto, que necesitan de las cúpulas. Pero los medios también han dejado de reflexionar sobre el otro y se han estacionado en la única idea del otro: un ser tonto, que se conmueve, que no quiere pensar, que no quiere leer, que aborrece el rollo, que es naco, que es cínico... pero eso sí, muuuy solidario cuando tocas su alma.
Creo que los medios le tienen pavor al otro. Dependen de él en tanto: "no le vaya a cambiar" "no vaya a dejar de oírnos". Su sustento económico depende de él y se han quedado con una sola idea de él, lo que yo digo que ni siquiera es una idea, sino un supuesto.
El show no es necesario, ni el relumbrón. Lo que es necesario es conocernos y compartir para entender el poder propio, sus terrenos y sus alcances.

Un saludo y gracias por este espacio en el que podemos compartir las ideas

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dayanna* Says....

Aclaro, cuando yo afirmé que el show es necesario no me refería a que lo era para/por la causa, sino para involucrar a un montón de jóvenes fresas y hacer que en su vida rosa quepa un poco de consciencia. Es para activarlos un poco a ver si despiertan un día, las causas no necesitan el espectáculo para lograr sus objetivos.

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Roque Says....

Hola Gabriela, hasta ahora pude ver tu comentario. Agradezco que te hayas tomado el tiempo de escribir tu opinión. Quisiera aclarar algunos puntos, creo el objetivo de este espacio es precisamente generar este tipo de intercambios:

La primera es que estoy de acuerdo contigo sobre los supuestos del otro. Hay que conocer, entender y empatizar (si aplica) antes de hacer prejuicios ignorantes (pleonasmo) sobre el otro.

En segundo lugar quisiera aclarar a qué me refiero cuando digo que el "show" es necesario: No es lucerito en el Teletón, ni Galilea Montijo (a mí esos shows me mueven las tripas tanto como a tí). Yo me refería a las formas de comunicación que aspiran a formar un compromiso con una causa; llámese comunicación estratégica o difusión. Porque sostengo que muchos cambios se han llevado a cabo con la participación de personas que sintieron esa empatía/emoción/llamaradadepetate momentánea. Que muchas veces es producto de un show. Pero mi propuesta y opinión jamás será que el show es el único camino de movilización, como me parece que percibes en mi comentario. Al contrario, me preocupa hasta qué punto ese sentimiento de suficiencia (al participar de forma light) nos deja ciegos ante la inutilidad de nuestro esfuerzo momentáneo. Como mencionaba, eso vale la pena combatir.

Cambio "el show es necesario", por "la comunicación estratégica es imprescindible para el lograr el compromiso".

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