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Cine como experiencia / Luis Fernando Toxtli

Publicado el 9/29/2010 por Juan Pedro Delgado


Hay dos asuntos que en los últimos días no han dejado de llamar mi atención. Por un lado la desaparición del Cine del Bosque que, después de treinta y tres años, cerró sus puertas; por el otro, la falta de preocupación que veo reflejada por este asunto en amigos, compañeros y colegas y que se resiente como un síntoma más de la constante depreciación del cine como manifestación cultural en las sociedades actuales, particularmente en la tapatía.
Hablemos primero sobre el Cine del Bosque. Básicamente lo que sucedió fue que la proyección de filmes extranjeros,  ya ni siquiera hablemos de filmes verdaderamente independientes cuya proyección es un evento esporádico sin registro aparente en esta ciudad,  dejó de ser rentable  para los dueños. El público mínimo, las entradas a bajo costo, las instalaciones que no resultaban atractivas, el poco conocimiento de la oferta de este tipo de lugares y la falta de inversión para generar mejoras, son distintos aspectos que llevaron a la ruina a uno de los pocos centros a los que todavía se podía acudir para encontrar alternativas cinematográficas distintas. La desaparición del Cine del Bosque deja la responsabilidad principalmente al Cineforo de la Universidad de Guadalajara y la Videosala del Centro de Arte Audiovisual, tal vez a una decena de cineclubs improvisados en una sala improvisada de algún museo. No me refiero a esos aderezos ocasionales que suponen los ciclos de cine, los festivales o las giras de documentales. Hablo de una oferta sostenible y rentable desde la iniciativa privada.
La responsabilidad real corresponde al espectador de cine. Este individuo que con miles o millones de rostros acude a las salas oscuras, semana tras semana, para toparse con una realidad distinta: este individuo que paga una experiencia. Es en esta transacción que se encierra el carácter industrial dominante del cine, es en esta transacción sobre la cual se genera la discusión más importante en cuanto a lo que un filme es y debe de ser, es decir, lo que la experiencia de ir al cine significa, ya que es precisamente con base en esto que pagamos su valor, que acudimos a determinado complejo o cadena de cines y que consumimos una película en específico. 
Para hablar de la experiencia es necesario primero hablar de lo que produce dicha experiencia. El filme, en su sentido más abstracto, es una manera de hablar de la vida, del mundo, del hombre. Es un discurso, un producto que establece una significación de sentidos, que define una realidad ya sea representando o construyéndola: el cine es un lenguaje, una forma de comunicación. Por lo tanto la experiencia cinematográfica  es propiamente una experiencia de confrontación, en tanto que al ver una película vemos, no solamente, una historia determinada, sino sus componentes (personajes, tiempos, espacios, contextos…) y, en un nivel más profundo, vemos tanto el mensaje ideológico del autor como del sistema que dio soporte a la creación de dicha película. La manera en la que decidimos vivir esa confrontación se convierte en la manera en la que decidimos vivir la experiencia del cine.
La experiencia más potente, más significativa a la hora de acercarse a una sala, entrar y mirar una película es lo que Deleuze y Bazin establecieron como el carácter ontológico del cine. La idea es que al momento de acercarnos a un producto cinematográfico vayamos con la intención de encontramos ante una manifestación de la realidad,  a veces figurativa u otras veces abstracta. La experiencia ontológica del cine va en función de encontrar una forma diferente de ver al mundo, sus objetos y sus sujetos, y sobre este encuentro se realiza lo más importante que es la confrontación con las concepciones propias. El cine en su carácter ontológico nos enseña, nos muestra, nos permite replantear lo que conocemos, sabemos, buscamos y queremos. Es un lenguaje que nos lleva a confrontar la cosmovisión personal  y que nos alienta a estar en constante reinterpretación de nuestros pasos.  Quien se acerca a la sala o complejo del cine con esta intención lo hace con una postura crítica y la profunda intención de conocerse a sí mismo y a los demás. Este tipo de experiencia en el cine es única, vital para su sostenimiento y, lamentablemente, dejada de lado por la mayoría de los espectadores actuales.
El otro extremo de la experiencia es el cine de entretenimiento, el cine de masas. El humorista y escritor Pedro Ruiz solía decir “Lo bueno del cine es que durante dos horas los problemas son de otro”. Quien asiste al cine con la intención de abandonar su realidad, para sumergirse en la de otro, sin cuestionarlas, sin asimilarla, sin identificarse con el personaje adopta una postura pasiva frente al filme:  simplemente lo distrae. Su tiempo pasado con el proyector constituye un paréntesis en su vida diaria. La película termina, la vida sigue.
Entre estos dos extremos encontramos también la experiencia estética. El espectador se abre ante la película, pero una vez que ésta acaba se cierra. Las emociones o aprendizajes se quedan en el terreno de la ficción, de la realidad inventada. No hay una asimilación de lo que acaba de presenciar. Aquí se entiende el cine como un lenguaje profundo que representa e interpreta la realidad, pero al mismo tiempo como un lenguaje limitado que no tiene más campo de acción que la pantalla de cine y su territorio se limita a la oscuridad de la sala.
Más allá del tipo de espectador y su tipo de experiencia, el cine fue creado con la finalidad de sumergir al espectador en una realidad y de acercarlo a otro tipo de personas y sociedades. El suceso cinematográfico está diseñado para sumergir al espectador a un estado en que pueda encontrarse, encararse. La oscuridad total, el sonido envolvente, la imagen de grandes proporciones: cada uno de estos elementos aísla al individuo de su medio habitual y lo confronta con una única cosa, el producto fílmico: un diálogo íntimo entre uno y otro. El cine aquí funciona a manera de espejo, el individuo se refleja en las acciones, las locaciones, los sonidos y, con base en ese reflejo, interpreta no sólo lo que está percibiendo sino también su propio ser. Es en este estadio lacaaniano del espejo que el espectador se identifica y la película cumple su prometido. La directora iraní Samira Makhmalbaf afirma que en sus películas intenta poner un espejo delante del espectador, ya que ésta es la única manera de lograr que una realidad, como la que ella busca mostrar, sea entendida y sentida. Este tipo de aconteceres es lo que persiguen el cine, y esta es su experiencia meta. Este tipo de eventos son los que se están olvidando, los que ya no se practican. Son finalmente este tipo de momentos privados los que la gente necesita descubrir (redescubrir acaso). Pero no solemos encontrarlos en las grandes cadenas de cine, sino en las pequeñas y con frecuencia ignoradas salas que hoy en día subsisten.
No deja de darme vuelta la constante falta de interés del público por un cine propositivo, complejo y revelador. Por la tendencia en aumento de la extinción de salas de cine independiente y de arte y por el crecimiento de las grandes cadenas nacionales. Me inquieta mirar las carteleras comerciales y encontrar una película, a veces dos, de enfoque alternativo y pensar que cuentan con que eso será suficiente a una audiencia que, y es triste admitirlo, cada vez ve más reducidas sus posibilidades de disfrutar el buen cine. Es deprimente ver como grandes películas pasan desapercibidas y otras producciones súper taquilleras con gente bonita y tramas sosas pueden durar meses en cartelera. Definitivamente la desaparición del Cine del Bosque es un llamado de alerta y no porque éste haya sido el gran y único espacio de cine alternativo en la ciudad de Guadalajara, sino porque nos muestra que el cine artístico, y más aún el cine de autor, el cine de mensaje, el cine que busca construir realidades, comunicar ideas y sentimientos, no tiene oportunidad frente al entretenimiento de masas. Si Guadalajara aspira a convertirse en una gran ciudad no sólo tiene que serlo a partir de la fuerza de su trabajo, la eficiencia de su transporte y el poder de sus inversionistas: tiene que serlo también con la ampliación de la oferta cultural y la extensión de una capacidad crítica de sus ciudadanos.  El cine es una gran forma de llegar a ello. 

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